D'Cuba Jazz
Lunes, 16 de Agosto, 2021
mundo del jazz, se veía en la obligación de hacer un ejercicio de autodefensa musical: “La constante comparación de este trío con el de Bill Evans ha sido como tener clavada una espina en el costado” se lamentaba.
Y es que como cuenta *Nate Chinen* en su libro “Playing Changes”
en 1998 aún había una corriente de opinión algo reduccionista, que veía
en Mehldau poco más que “otro pianista blanco sensible, de postura
desgarbada, perdido en sus ensoñaciones”. Que Mehldau hubiese tenido más
que un escarceo con las drogas, tampoco ayudaba a la inevitable
comparación con Evans, si bien lo que lo que más le molestaba es que no
se concediese a su Trío una independencia musical, un lenguaje formal
propio e innovador.
Han pasado más de 20 años desde esa “pataleta” y hoy en día, pocos dudan
de que Mehldau ha dado todos los pasos necesarios para convertirse en
una de las figuras más destacadas del jazz actual. Con el anuncio el
pasado mes de octubre de que Keith Jarrett se retiraba de los escenarios
el de Jacksonville ha sido ungido de facto, como nuevo “patriarca” del
piano.
Bienvenido a casa
En el último año, hemos tenido la suerte de poder disfrutar de Mehldau
en Madrid en dos ocasiones diferentes. La primera, el pasado mes de
noviembre, cuando ofreció en solitario un recital compuesto en su mayor
parte por variaciones sobre los temas de los Beatles. La segunda, hace
una semana, junto con la formación en trío que mantiene desde 2005:
*Larry Grenadier* al contrabajo y el baterista *Jeff Ballard* (quien
sustituye ese año al español Jorge Rossy). En ambas ocasiones, el
escenario es el miso: el Auditorio Nacional.
Me pareció el pasado mes de noviembre cuando asistí al concierto de
Marco Mezquida
que no es esta sala enorme, de techos altísimos, lámparas imposibles y
paredes de mármol, el mejor espacio posible para un concierto de jazz. Y
la impresión, al menos durante los primeros minutos del concierto de
Mehldau se repite… con una batería sobre-sonorizada que tapa en algunos
momentos al resto de los instrumentos.
La impresión afortunadamente no dura y tras un primer tema en el que
tanto piano como contrabajo se mantienen tan /sotto-voce/ que cuesta
escucharlos, el trío consigue desplegar un repertorio sólido, en el que
entran un par de temas del ”/Round Again/” publicado en 2020 junto a
*Joshua Redman*, composiciones marca de la casa como /“Song-Song”/ y
standards como la preciosa /”Here’s the rainy day”/.
En todos los temas, Mehldau demuestra dominar como nadie las dos facetas
sobre las que ha cimentado su carrera: la de un improvisador, que deja
espacio para que nuevas ideas surjan de forma espontánea a lo largo de
cada interpretación, y la del músico que siente una profunda fascinación
por las formas clásicas, como refleja en esos “andamios” que mantienen
anclado (aunque solo sea un poco) su piano a la tierra.
Decir por lo tanto que Mehldau estuvo bien y que el nivel general del
concierto fue sobresaliente es casi una obviedad: *no esperábamos
menos*. En una formación que se conoce de memoria, los códigos con los
que se intercambian el protagonismo en las distintas piezas fluyen de
forma natural, y es justo reconocer que en la actuación del Auditorio,
tanto Granadier como Ballard tuvieron la oportunidad de volar alto. En
el caso de Ballard, este volar etéreo se tradujo en dejarse el alma en
uno de los *mejores solos de batería que se recuerdan* y que el público
recompensó con la gran ovación de la noche.
Tras dominar eso tan difícil que son los silencios, los espacios en
blanco, Mehldau no tardaba después en demostrar hasta dónde y con cuánta
profundidad era capaz de explorar cada composición, casi agotando todas
las posibilidades de un tremendo /”Autumn in New York“/ o dibujando
estudios para piano de increíble dificultad técnica…pero a la vez
llenándolos de lirismo y delicadeza, abandonándose a menudo a tocar con
una sola mano.
Cuesta no caer en adjetivos que se han convertido en clichés de las
crónicas de concierto, como “mágico” o “hipnótico”. Y cuesta porque de
otra forma, no se entiende que esas casi dos horas, pasaran volando como
en un suspiro de tiempo…dejándonos en la retina esa sensación
maravillosa del que el mundo y sus sinsabores cotidianos, pueden esperar
fuera.
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DE INTERES: Brad Mehldau hipnotiza Madrid

Fecha: 2021.06.29
Fuente: /www.caravanjazz.es
mundo del jazz, se veía en la obligación de hacer un ejercicio de autodefensa musical: “La constante comparación de este trío con el de Bill Evans ha sido como tener clavada una espina en el costado” se lamentaba.
Y es que como cuenta *Nate Chinen* en su libro “Playing Changes”
en 1998 aún había una corriente de opinión algo reduccionista, que veía
en Mehldau poco más que “otro pianista blanco sensible, de postura
desgarbada, perdido en sus ensoñaciones”. Que Mehldau hubiese tenido más
que un escarceo con las drogas, tampoco ayudaba a la inevitable
comparación con Evans, si bien lo que lo que más le molestaba es que no
se concediese a su Trío una independencia musical, un lenguaje formal
propio e innovador.
Han pasado más de 20 años desde esa “pataleta” y hoy en día, pocos dudan
de que Mehldau ha dado todos los pasos necesarios para convertirse en
una de las figuras más destacadas del jazz actual. Con el anuncio el
pasado mes de octubre de que Keith Jarrett se retiraba de los escenarios
el de Jacksonville ha sido ungido de facto, como nuevo “patriarca” del
piano.
Bienvenido a casa
en Madrid en dos ocasiones diferentes. La primera, el pasado mes de
noviembre, cuando ofreció en solitario un recital compuesto en su mayor
parte por variaciones sobre los temas de los Beatles. La segunda, hace
una semana, junto con la formación en trío que mantiene desde 2005:
*Larry Grenadier* al contrabajo y el baterista *Jeff Ballard* (quien
sustituye ese año al español Jorge Rossy). En ambas ocasiones, el
escenario es el miso: el Auditorio Nacional.
Me pareció el pasado mes de noviembre cuando asistí al concierto de
Marco Mezquida
que no es esta sala enorme, de techos altísimos, lámparas imposibles y
paredes de mármol, el mejor espacio posible para un concierto de jazz. Y
la impresión, al menos durante los primeros minutos del concierto de
Mehldau se repite… con una batería sobre-sonorizada que tapa en algunos
momentos al resto de los instrumentos.
La impresión afortunadamente no dura y tras un primer tema en el que
tanto piano como contrabajo se mantienen tan /sotto-voce/ que cuesta
escucharlos, el trío consigue desplegar un repertorio sólido, en el que
entran un par de temas del ”/Round Again/” publicado en 2020 junto a
*Joshua Redman*, composiciones marca de la casa como /“Song-Song”/ y
standards como la preciosa /”Here’s the rainy day”/.
En todos los temas, Mehldau demuestra dominar como nadie las dos facetas
sobre las que ha cimentado su carrera: la de un improvisador, que deja
espacio para que nuevas ideas surjan de forma espontánea a lo largo de
cada interpretación, y la del músico que siente una profunda fascinación
por las formas clásicas, como refleja en esos “andamios” que mantienen
anclado (aunque solo sea un poco) su piano a la tierra.
Decir por lo tanto que Mehldau estuvo bien y que el nivel general del
concierto fue sobresaliente es casi una obviedad: *no esperábamos
menos*. En una formación que se conoce de memoria, los códigos con los
que se intercambian el protagonismo en las distintas piezas fluyen de
forma natural, y es justo reconocer que en la actuación del Auditorio,
tanto Granadier como Ballard tuvieron la oportunidad de volar alto. En
el caso de Ballard, este volar etéreo se tradujo en dejarse el alma en
uno de los *mejores solos de batería que se recuerdan* y que el público
recompensó con la gran ovación de la noche.
Tras dominar eso tan difícil que son los silencios, los espacios en
blanco, Mehldau no tardaba después en demostrar hasta dónde y con cuánta
profundidad era capaz de explorar cada composición, casi agotando todas
las posibilidades de un tremendo /”Autumn in New York“/ o dibujando
estudios para piano de increíble dificultad técnica…pero a la vez
llenándolos de lirismo y delicadeza, abandonándose a menudo a tocar con
una sola mano.
Cuesta no caer en adjetivos que se han convertido en clichés de las
crónicas de concierto, como “mágico” o “hipnótico”. Y cuesta porque de
otra forma, no se entiende que esas casi dos horas, pasaran volando como
en un suspiro de tiempo…dejándonos en la retina esa sensación
maravillosa del que el mundo y sus sinsabores cotidianos, pueden esperar
fuera.
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