D'Cuba Jazz
Viernes, 27 de Agosto, 2021
Social Club.
Su voz es suave, de ritmo pausado, y denota un don de gentes que la edad no será capaz de frenar. Tiene historias, cientos de recuerdos en los que bucea para retratar su vida, pero si algo no admite es que se le pregunte por la situación política de su país. “¿Salir de Cuba? ¿Acaso abandonaría usted su país? Soy feliz allí, es Mi cocodrilo verde”, contesta mientras tararea la famosa canción. Reconoce que su país, “a diferencia de otros”, no tiene dinero para pagar a los músicos “de fuera”, pero asegura que eso no es un impedimento para la fusión de estilos y la recepción de artistas en la isla caribeña.
Para Portuondo la grabación del disco Buena Vista Social Club en 1996, producido por el guitarrista norteamericano Ry Cooder, supuso un antes y un después. “Todo fue casualidad”, cuenta, pero lo cierto es que se cumplió la profecía de sus padres: se convirtió en la dama del bolero cubano y su voz se empezó a oír en diferentes rincones del globo.
La intención de Cooder era reunir a varias generaciones de músicos cubanos para inmortalizar sus mejores temas. Compay Segundo (La Habana, 1907-2003) como voz y
guitarra; Ibrahim Ferrer (Santiago de Cuba 1927-La Habana 2005), voz; Elíades Ochoa (Santiago de Cuba, 1946), guitarra... faltaba una voz femenina. “Yo estaba grabando uno de mis discos en solitario en la planta de arriba del estudio, cuando vinieron a buscarme para participar en uno de los temas”. Ella no dudó. Se puso frente al micro y escogió Veinte años. Compay le hizo las segundas voces y no hizo falta repetición. “Todo el estudio quedó maravillado y rompió en aplausos, quedó calcado a la primera”. Otro de los temas fue ilencio, que interpretó con Ibrahim Ferrer. “Yo los conocía desde hacía muchos años y por eso me propusieron. A Ibrahim siempre lo buscaban para guarachas y aquí le dieron la oportunidad de cantar un bolero. Fue maravilloso”.
Dos años después llegó la filmación del documental homónimo bajo la dirección de Wim Wenders, que grabó su actuación en el Carnegie Hall de Nueva York. “Desde muy pequeña me quedaba en casa con mis padres escuchando por la radio a una contralto negra que se llamaba Mary Anderson, que actuaba desde esa sala de conciertos. De repente me vi sobre el escenario cantando y no pude contener las lágrimas”.
El sueño no había hecho más que comenzar. Los componentes de Buena Vista Social Club fueron aclamados en infinidad de escenarios internacionales. “El secreto de nuestra música es la sencillez, la esencia de los ritmos cubanos. No utilizamos instrumentos electrónicos ni tocamos la batería como los rockeros. Los arreglos son los de antes y lo genuino siempre gusta”. Omara también deja al descubierto su halo de amor propio. Antes del fenómeno Buenavista, ella ya gozaba de reconocimiento entre los artistas isleños. Ya ponía la voz para orquestas cubanas que actuaban en el exterior. En 1969 una orquesta japonesa les invitó a
realizar un concierto conjunto; los cubanos ponían la percusión. “El director de la orquesta pidió que al morir lo enterraran en Cuba, y así lo hicimos. Ya lo decía nuestro poeta José Martí: la música es el alma de los pueblos y es capaz de unir al universo entero”.
No sabe hasta cuando durará esta aventura. Ya no tiempo para deleitar al público del Tropicana, que continúa en activo como uno de los clubs de éxito en la isla. “La naturaleza es lo más grande y a mi se me concedió el don de los ritmos, la posibilidad de transportar la pasión a las letras y proyectarla con un chorro de voz. Que sea por muchos años”.
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La dama del ‘feeling’
NOTICIAS
La dama del ‘feeling’

Fecha: 2012.08.06
Fuente: El País
Social Club.
Su voz es suave, de ritmo pausado, y denota un don de gentes que la edad no será capaz de frenar. Tiene historias, cientos de recuerdos en los que bucea para retratar su vida, pero si algo no admite es que se le pregunte por la situación política de su país. “¿Salir de Cuba? ¿Acaso abandonaría usted su país? Soy feliz allí, es Mi cocodrilo verde”, contesta mientras tararea la famosa canción. Reconoce que su país, “a diferencia de otros”, no tiene dinero para pagar a los músicos “de fuera”, pero asegura que eso no es un impedimento para la fusión de estilos y la recepción de artistas en la isla caribeña.
Para Portuondo la grabación del disco Buena Vista Social Club en 1996, producido por el guitarrista norteamericano Ry Cooder, supuso un antes y un después. “Todo fue casualidad”, cuenta, pero lo cierto es que se cumplió la profecía de sus padres: se convirtió en la dama del bolero cubano y su voz se empezó a oír en diferentes rincones del globo.
La intención de Cooder era reunir a varias generaciones de músicos cubanos para inmortalizar sus mejores temas. Compay Segundo (La Habana, 1907-2003) como voz y
guitarra; Ibrahim Ferrer (Santiago de Cuba 1927-La Habana 2005), voz; Elíades Ochoa (Santiago de Cuba, 1946), guitarra... faltaba una voz femenina. “Yo estaba grabando uno de mis discos en solitario en la planta de arriba del estudio, cuando vinieron a buscarme para participar en uno de los temas”. Ella no dudó. Se puso frente al micro y escogió Veinte años. Compay le hizo las segundas voces y no hizo falta repetición. “Todo el estudio quedó maravillado y rompió en aplausos, quedó calcado a la primera”. Otro de los temas fue ilencio, que interpretó con Ibrahim Ferrer. “Yo los conocía desde hacía muchos años y por eso me propusieron. A Ibrahim siempre lo buscaban para guarachas y aquí le dieron la oportunidad de cantar un bolero. Fue maravilloso”.
Dos años después llegó la filmación del documental homónimo bajo la dirección de Wim Wenders, que grabó su actuación en el Carnegie Hall de Nueva York. “Desde muy pequeña me quedaba en casa con mis padres escuchando por la radio a una contralto negra que se llamaba Mary Anderson, que actuaba desde esa sala de conciertos. De repente me vi sobre el escenario cantando y no pude contener las lágrimas”.
El sueño no había hecho más que comenzar. Los componentes de Buena Vista Social Club fueron aclamados en infinidad de escenarios internacionales. “El secreto de nuestra música es la sencillez, la esencia de los ritmos cubanos. No utilizamos instrumentos electrónicos ni tocamos la batería como los rockeros. Los arreglos son los de antes y lo genuino siempre gusta”. Omara también deja al descubierto su halo de amor propio. Antes del fenómeno Buenavista, ella ya gozaba de reconocimiento entre los artistas isleños. Ya ponía la voz para orquestas cubanas que actuaban en el exterior. En 1969 una orquesta japonesa les invitó a
realizar un concierto conjunto; los cubanos ponían la percusión. “El director de la orquesta pidió que al morir lo enterraran en Cuba, y así lo hicimos. Ya lo decía nuestro poeta José Martí: la música es el alma de los pueblos y es capaz de unir al universo entero”.
No sabe hasta cuando durará esta aventura. Ya no tiempo para deleitar al público del Tropicana, que continúa en activo como uno de los clubs de éxito en la isla. “La naturaleza es lo más grande y a mi se me concedió el don de los ritmos, la posibilidad de transportar la pasión a las letras y proyectarla con un chorro de voz. Que sea por muchos años”.
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