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Bebo es de Cuba

Por: Pedro de la Hoz
Fecha: 2018.10.10
Fuente: Granma

 Ramón Emilio Valdés Amaro es de Cuba. Ni las décadas en que habitó bien lejos, en Suecia primero y más tarde en España, dejó de ser nuestro ni de promover la música cubana. A cien años de su nacimiento el 9 de octubre de 1918 en Quivicán, Bebo Valdés es de Cuba.

*No puede ser de otro modo para quien desempeñó un papel de primerísimo orden en la cristalización del estilo orquestal con que la música vernácula* alcanzó su más depurada expresión hacia la medianía del siglo pasado y, a la vez, aportó valores sustanciales al desarrollo de la
descarga cubana, la variante más imaginativa y entrañable de la criollización del jazz.

Entre Dámaso Pérez Prado, Chico O’ Farrill y Armando Romeu, más el genio de Benny Moré como electrón libre y único que sin formación académica amoldó una banda a la medida de sus deseos, Bebo ocupa un lugar al que una y otra vez habrá que volver para hallar las claves de la altura alcanzada por la música insular y su proyección continental en los años 50.

*La marca de Bebo fue la orquesta Sabor de Cuba, con la que trabajó en el cabaré Tropicana, alternando con la de Armando Romeu, entre 1949 y 1957  y grabó sesiones memorables, amén de acompañar a primeras figuras cubanas y extranjeras, entre ellas Rita Montaner y Nat King Cole.*

En 1952 creó el ritmo batanga, cuyos planteos renovadores no fueron descifrados por la industria del disco y el espectáculo, pero cuyas huellas se convirtieron en una referencia de mucho de lo que ha sucedido después tanto en la evolución del jazz cubano como de la timba. Por cierto, en las grabaciones iniciales del nuevo ritmo figuró Benny Moré, quien acababa de regresar de México y todavía no había armado su portentosa banda gigante.

A México fue a parar en 1960, donde colaboró un tiempo con el chileno Lucho Gatica, a quien conocía de La Habana. Luego se instaló en Europa. Dejó atrás a su familia y fundó otra en Suecia. Nunca entendió los cambios que tuvieron lugar en su país natal. Pero ni en los días de ganarse la vida en restaurantes y boites suecas dejó de pensar la música en términos cubanos. Tanto fue así que a los 76 años de edad, como alguien dijo, se reinventó a sí mismo cuando lo llamaron a grabar en Nueva York.

Ese es el Bebo que comienza a cabalgar de nuevo, a los aires del jazz latino, discos como Bebo rides again, y películas como Calle 54, su fabulosa unión al cantaor Diego el Cigala y el reencuentro con su hijo Chucho Valdés en el álbum Juntos para siempre.

Pero me apunto a lo que ha expresado la investigadora Rosa Marquetti: *“Sería un error capital reducir la importancia de Bebo Valdés en la música cubana, al boom internacional que alcanzó su revival con el disco Lágrimas negras*. En todo caso, el reconocimiento mundial alcanzado en la última década del siglo XX fue merecidísimo colofón de una carrera que atraviesa transversal y exitosamente toda una centuria y más en la música cubana.

*Tiene su propio y destacado sitio entre los mejores directores de orquestas, compositores  y pianistas de trascendencia, y milita entre los más creativos arreglistas en toda la historia de nuestra música”

Ese es el Bebo que en su centenario me gustaría fuese recordado, y que, sin lugar a dudas, por encima de lo anecdótico, legítimamente nos pertenece.

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