D'Cuba Jazz
Sábado, 28 de Agosto, 2021
Chema, uno de los mas importantes cronistas de jazz en lengua hispana. Nos envia
este material al unísono de ponerlo en su atractivo blog Jazz y otras yerbas
(http://chemajazz.blogspot.com)La foto es de Fernando Aceves.
Breve repaso a lo acontecido durante la décima edición del Festival de Jazz de la Riviera Maya (Playa del Carmen, México)
Uno viene a un festival de jazz y termina haciendo “rappel”, “snorkel”, “canopy” y otras diversas y entretenidas formas de tortura al aire libre con nombre en inglés. Turismo y jazz: en la Riviera Maya ambos términos van unidos. A uno le llevan a extasiarse ante el espectáculo de Tulum al atardecer y, por la noche, a la playa, a escuchar jazz. Como plan, no está mal.
Se podrá decir lo que se quiera sobre una programación en la que caben los Level 42 y a todo el mundo le parece estupendo. Desde luego, no es lo que uno espera encontrarse después de viajar ocho mil kilómetros en avión clase turista (Madrid-Cancún a través de Nueva York y Washington). A estas alturas, uno anda ya curado de espantos y si es Level 42 como si es Patti Smith o los Cowboy Junkies, habituales de los festivales que se dicen de jazz en España y comarcas limítrofes. Los jazzistas somos así de generosos y los promotores de conciertos todavía más: hay que hacer caja.
A todos los efectos, la edición de este año del Festival de Jazz de la Riviera Maya ha venido protagonizada por un nombre: el de Wayne Shorter. No hay muchos lugares en el mundo en los que uno pueda escuchar al genio del jazz gratis et amore, aún cuando la Playa Mamitas, en Playa del Carmen, no sea el marco idóneo para apreciar los intricados requiebros de una música que demanda de un mínimo recogimiento por parte del oyente. Es lo que hay y, al que no le guste, ahí está la playa.
Por donde, el laureado saxofonista y compositor se trajo a una vieja amiga, Terri Lyne Carrington, para suplir a Brian Blade, su baterista de plantilla, quien se halla de gira por Europa con el trío de Chick Corea. Nada puede objetarse a la pundonorosa y resolutiva jazzwoman en su reencuentro con el saxofonista. Interpretar esta música tal cual es cocinada a ojos vista del oyente no es tarea fácil para nadie y mucho menos para quien se sienta detrás de los tambores.
Con esto que la música de Wayne Shorter, de la que muy pronto tendremos nueva muestra en disco, es un engranaje sutil que brota a partir de la personalidad singular e intransferible de quienes integran su cuarteto desde hace una década. La capacidad de los susodichos para comunicarse entre sí sólo puede describirse como “telepática”: el menor cambio en el line-up del conjunto corre el riesgo de alterar la naturaleza del producto.
Fue así que las interpretaciones de Shorter-Pérez-Patitucci-Carrington, por notables que fueran, no terminaron de tomar vuelo como en anteriores ocasiones en que hemos escuchado al saxofonista. Los cambios en el guión impuestos por la presencia inesperada de la baterista obligaron a fragmentar el discurso musical en pequeñas porciones que no alcanzaron a saciar nuestro apetito, por más empeño que pusiéramos en ello. Algo que, por cierto, no sucedió con ocasión del concierto que el saxofonista ofreció este mismo verano en el Festival de Jazz de Getxo, localidad vecina de Bilbao, en el que Jorge Rossy ejerció la función de improvisado baterista por idéntico motivo. “¿Puede nadie sustituir a Brian Blade en el cuarteto de Wayne Shorter?”, se preguntaba Peter Hum, de Ottawa, momentos antes de escuchar a Rossy durante aquella gira: “aparentemente, sí”, fue su conclusión cuasi inapelable. Aunque las comparaciones siempre son odiosas, nos quedamos sin dudarlo con el nunca demasiado ponderado baterista barcelonés.
Wayne Shorter aparte, uno se queda con la sorpresa de unos Aguamala actuando ante su público con unos arreglos precisos y nada fáciles dentro de una estética de fusión algo demodé, si se me permite, lo que no es malo de por sí. Completando la cuota local, Nortec, nombre bajo el que se esconde un selecto colectivo de artistas especializados en la fusión de la música electrónica, norteña y sinaloense, con sede en Tijuana. Su actuación, esperada con ansiedad por la parroquia yucateca, no defraudó a ninguno de los presentes, según parece (uno hubo de perdérsela por motivos que no vienen al caso).
Más fusión: la de Victor Wooten, el bajista que tiene su lugar de residencia en Nashville, Tennessee, y su puesto de mira en el “Country & Western”, por inconcebible que parezca. La música de Wooten, de una factura adecuada para el consumo masivo, no parece tener hoy por hoy nada que ofrecernos y sí mucho para que despierte nuestra más encendida animadversión. Por donde, el fornido bajista superó los límites de lo que cualquier ser humano con un mínimo de sensibilidad puede tolerar, con su versión al límite de lo criminalmente perseguible de “Naima”: un puro dislate que superó los límites del peor gusto musical imaginable. Si en algún momento se ha discutido en los medios de comunicación acerca de la necesidad de una “policía del jazz”, aquí pudieron encontrar sus defensores un excelente argumento a favor.
Sin sorpresas. El canadiense Joe d´Etienne se presenta como un fiel seguidor de la tradición del jazz de big band, a la que no parece aportar absolutamente nada que merezca la pena reseñarse. Otro que tal. Decir que John Scofield hizo lo que de él esperábamos, no es sino atenerse a la realidad de un intérprete que nunca defrauda y tampoco sorprende. El guitarrista, músico sólido donde los haya, es alguien en quien se puede confiar, si bien hace tiempo que dejó de deslumbrarnos. Los seguidores de la guitarra de jazz deberán buscar en otro lugar para encontrar nuevos caminos al instrumento. El apartado latino contó con las actuaciones correctas sin pasar a mayores de Poncho Sánchez y Pete Escovedo, clónico de Tito Puente, aunque lejos de la personalidad arrolladora del genio de los timbales.
Lo de Level 42, si les parece, lo dejo para otro momento.
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EXCLUSIVO : Wayne Shorter on the Beach
NOTICIAS
EXCLUSIVO : Wayne Shorter on the Beach
 Fernando Aceves 409.jpg)
Por: Chema García Martínez
Fecha: 2012.12.13
Chema, uno de los mas importantes cronistas de jazz en lengua hispana. Nos envia
este material al unísono de ponerlo en su atractivo blog Jazz y otras yerbas
(http://chemajazz.blogspot.com)La foto es de Fernando Aceves.
Breve repaso a lo acontecido durante la décima edición del Festival de Jazz de la Riviera Maya (Playa del Carmen, México)
Uno viene a un festival de jazz y termina haciendo “rappel”, “snorkel”, “canopy” y otras diversas y entretenidas formas de tortura al aire libre con nombre en inglés. Turismo y jazz: en la Riviera Maya ambos términos van unidos. A uno le llevan a extasiarse ante el espectáculo de Tulum al atardecer y, por la noche, a la playa, a escuchar jazz. Como plan, no está mal.
Se podrá decir lo que se quiera sobre una programación en la que caben los Level 42 y a todo el mundo le parece estupendo. Desde luego, no es lo que uno espera encontrarse después de viajar ocho mil kilómetros en avión clase turista (Madrid-Cancún a través de Nueva York y Washington). A estas alturas, uno anda ya curado de espantos y si es Level 42 como si es Patti Smith o los Cowboy Junkies, habituales de los festivales que se dicen de jazz en España y comarcas limítrofes. Los jazzistas somos así de generosos y los promotores de conciertos todavía más: hay que hacer caja.
A todos los efectos, la edición de este año del Festival de Jazz de la Riviera Maya ha venido protagonizada por un nombre: el de Wayne Shorter. No hay muchos lugares en el mundo en los que uno pueda escuchar al genio del jazz gratis et amore, aún cuando la Playa Mamitas, en Playa del Carmen, no sea el marco idóneo para apreciar los intricados requiebros de una música que demanda de un mínimo recogimiento por parte del oyente. Es lo que hay y, al que no le guste, ahí está la playa.
Por donde, el laureado saxofonista y compositor se trajo a una vieja amiga, Terri Lyne Carrington, para suplir a Brian Blade, su baterista de plantilla, quien se halla de gira por Europa con el trío de Chick Corea. Nada puede objetarse a la pundonorosa y resolutiva jazzwoman en su reencuentro con el saxofonista. Interpretar esta música tal cual es cocinada a ojos vista del oyente no es tarea fácil para nadie y mucho menos para quien se sienta detrás de los tambores.
Con esto que la música de Wayne Shorter, de la que muy pronto tendremos nueva muestra en disco, es un engranaje sutil que brota a partir de la personalidad singular e intransferible de quienes integran su cuarteto desde hace una década. La capacidad de los susodichos para comunicarse entre sí sólo puede describirse como “telepática”: el menor cambio en el line-up del conjunto corre el riesgo de alterar la naturaleza del producto.
Fue así que las interpretaciones de Shorter-Pérez-Patitucci-Carrington, por notables que fueran, no terminaron de tomar vuelo como en anteriores ocasiones en que hemos escuchado al saxofonista. Los cambios en el guión impuestos por la presencia inesperada de la baterista obligaron a fragmentar el discurso musical en pequeñas porciones que no alcanzaron a saciar nuestro apetito, por más empeño que pusiéramos en ello. Algo que, por cierto, no sucedió con ocasión del concierto que el saxofonista ofreció este mismo verano en el Festival de Jazz de Getxo, localidad vecina de Bilbao, en el que Jorge Rossy ejerció la función de improvisado baterista por idéntico motivo. “¿Puede nadie sustituir a Brian Blade en el cuarteto de Wayne Shorter?”, se preguntaba Peter Hum, de Ottawa, momentos antes de escuchar a Rossy durante aquella gira: “aparentemente, sí”, fue su conclusión cuasi inapelable. Aunque las comparaciones siempre son odiosas, nos quedamos sin dudarlo con el nunca demasiado ponderado baterista barcelonés.
Wayne Shorter aparte, uno se queda con la sorpresa de unos Aguamala actuando ante su público con unos arreglos precisos y nada fáciles dentro de una estética de fusión algo demodé, si se me permite, lo que no es malo de por sí. Completando la cuota local, Nortec, nombre bajo el que se esconde un selecto colectivo de artistas especializados en la fusión de la música electrónica, norteña y sinaloense, con sede en Tijuana. Su actuación, esperada con ansiedad por la parroquia yucateca, no defraudó a ninguno de los presentes, según parece (uno hubo de perdérsela por motivos que no vienen al caso).
Más fusión: la de Victor Wooten, el bajista que tiene su lugar de residencia en Nashville, Tennessee, y su puesto de mira en el “Country & Western”, por inconcebible que parezca. La música de Wooten, de una factura adecuada para el consumo masivo, no parece tener hoy por hoy nada que ofrecernos y sí mucho para que despierte nuestra más encendida animadversión. Por donde, el fornido bajista superó los límites de lo que cualquier ser humano con un mínimo de sensibilidad puede tolerar, con su versión al límite de lo criminalmente perseguible de “Naima”: un puro dislate que superó los límites del peor gusto musical imaginable. Si en algún momento se ha discutido en los medios de comunicación acerca de la necesidad de una “policía del jazz”, aquí pudieron encontrar sus defensores un excelente argumento a favor.
Sin sorpresas. El canadiense Joe d´Etienne se presenta como un fiel seguidor de la tradición del jazz de big band, a la que no parece aportar absolutamente nada que merezca la pena reseñarse. Otro que tal. Decir que John Scofield hizo lo que de él esperábamos, no es sino atenerse a la realidad de un intérprete que nunca defrauda y tampoco sorprende. El guitarrista, músico sólido donde los haya, es alguien en quien se puede confiar, si bien hace tiempo que dejó de deslumbrarnos. Los seguidores de la guitarra de jazz deberán buscar en otro lugar para encontrar nuevos caminos al instrumento. El apartado latino contó con las actuaciones correctas sin pasar a mayores de Poncho Sánchez y Pete Escovedo, clónico de Tito Puente, aunque lejos de la personalidad arrolladora del genio de los timbales.
Lo de Level 42, si les parece, lo dejo para otro momento.
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