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BLUE NOTE: El Vocabulario del jazz

Por: Ulises Fuente
Fecha: 2019.05.25
Fuente: La razón

     El icónico sello, fundado por dos judíos alemanes que huían de los nazis, celebra ocho décadas en las que ha editado a los grandes maestros del género desafiando las convenciones, dando voz al cambio social y, en suma, a la historia del ser humano

El nacimiento, hace ahora 80 años, del sello Blue Note está cargado de significado. La compañía que editó varios de los más valiosos testimonios culturales de la historia reciente de Estados Unidos, que fueron producidos por afroamericanos, la fundaron dos alemanes que huían del nazismo. Era 1939 y Alfred Lion y Francis Wolff quedaron fascinados por el swing y el bebop y decidieron tratar de capturarlo de la manera más real posible. Y, como los buenos alemanes, la falta de «flow» la suplieron con destreza de ingeniería. Estos dos hombres hicieron lo que los compatriotas de Thelonious Monk, Miles Davis y Art Blakey, no tuvieron el interés o la valentía de hacer: en un país segregado, anterior a la lucha por los derechos civiles, no solo creyeron en el
valor de la cultura popular negra, sino que desafiaron lo establecido, y a medida que ésta era aceptada siguieron llevándola más allá, derribando barreras y desafiando al público que ellos mismos iban creando. Grabaron algunos de los mejores discos de los artistas citados y de Dexter Gordon, Kenny Burrel, Eric Dolphy, Herbie Hancock, Horace Silver y Wayne Shorter, en una genealogía que alcanza hasta el presente, con nombres como Norah Jones o Gregory Porter. Múltiples lanzamientos celebran este aniversario.

En su manifiesto fundacional, de apenas un par de párrafos, Wolff y Lion (curiosos apellidos de animal, el lobo y el león) expresan su «inquebrantable compromiso con el hot jazz y el swing más directo y honesto, porque es una manera de sentir y una manifestación social y musical. Blue Note Records se ocupa de identificar el impulso y no sus adornos comerciales». Ante todo, lo que hicieron fue editar los discos que querían escuchar sin tener la menor idea de si eso podría ser un
buen negocio. A priori no lo era, porque las grandes compañías no tenían el menor interés por un estilo que ya llevaba varias décadas sonando en los clubes de Nueva Orleans, pero que nadie había intentado siquiera grabar en un álbum. La otra clave es que admiraban a los artistas con
los que trabajaron, es decir, que eran un sello «indie» «avant la lettre». Con todas sus rarezas y excentricidades, estos judíos alemanes fueron capaces de entenderse con genios que siempre les guardaron agradecimiento. No habrían podido grabar en ninguna parte de no ser por
ellos.

*Acción sin concesiones *

En rigor, ciertos sellos habían desafiado lo establecido, como Commodore, que nació un año antes de Blue Note y fueron quienes editaron nada menos que «Strange Fruit», de Billie Holliday. Sin embargo, no tendrían la repercusión social ni la firmeza programática de Blue Note. Ni tampoco contaban con el ingeniero Rudy Van Gelder, quien, primero en un estudio en la casa familiar y después en un lugar más profesional, fue capaz de aportar una viveza única en tiempos de tecnología prehistórica. Entre las primeras grabaciones del sello apareció la versión de «Summertime» (Gerschwin) que grabó Sidney Bechet, un estándar manso y dulce que financió al sello y sus extravagantes lanzamientos durante mucho tiempo. Wolff fue quien se ocupó de fotografiar a sus artistas en acción en el escenario: las portadas eran tan vívidas y tan directas como las grabaciones. Accción sin concesiones. Durante los años 40, el jazz de las big bands coartaba las posibilidades expresivas de los intérpretes y así fue como nació el bebop y los primeros nombres legendarios del estilo: Dizzy Gillespie, Charlie Parker, Max Roach, Bud Powell y Thelonious Monk fueron los precursores de una forma artística que rompía las normas establecidas. Su estilo como instrumentistas era furioso y abiertamente provocador, perfecto para un tiempo convulso, en la antesala de la guerra o con sus horrores ya en las páginas de los periódicos. Uno de los primeros trabajos que rasgó la opinión de su tiempo fue «Round Midnight», de Thelonious Monk, en 1947, editado por Blue Note. Ese trabajo es hoy considerado un clásico indiscutible, pero en su día los críticos lo destrozaron, no sabían cómo interpretarlo, no pudieron digerirlo porque Monk era un revolucionario en cuanto a armonías.

Ese fue, quizá, el primero de sus hitos, pero no fue hasta los 50 cuando la compañía empezó a hacer historia: llegaba la década de la experimentación, con una larguísima nómina de los grandes: Miles Davis, Art Blakey y Dexter Gordon, entre otros. En esa época convulsa, también
el jazz bullía. Blue Note editó referencias de Sidney Bechet y el clarinetista George Lewis. Era el momento de las luchas civiles y el jazz, la banda sonora. John Coltrane publicó su icónico «Blue Train», y la nómina de artistas se alarga infinitamente hasta Hank Mobley, Lee Morgan, Herbie Nichols, Sonny Clark, Kenny Dorham, Kenny Burrell, Jackie McLean, Donald Byrd y Lou Donaldson. Tanto para el sello como para los artistas, la ambición era la misma: con cada nueva referencia, daba la sensación de que todo se ponía en cuestión, cada disco armaba su revolución.

Aunque la discográfica continuaría funcionando en los 60, Wolff y Lion se retiraron en 1965, tras venderle la compañía a Liberty. Tanto por el declive del género frente al rock y el pop como por la ausencia de los paladares de sus fundadores, Blue Note fue perdiendo presencia y languideció hasta hibernar. En 1985 fue relanzada bajo la dirección de EMI y apostando por artistas como Bennie Wallace, Joe Lovano, John Scofield, Greg Osby y Jason Moran, y atreviéndose con valores nuevos del funky, el hip hop y el soul. US3, con su éxito «Cantaloop», demostró que podían seguir evolucionando, rompiendo barreras entre el funky, el hip-hop y el jazz. Quedó ese camino sin el desarrollo magistral que se esperaba en el sello, pero grupos como The Roots tomaron el testigo fuera.

*20 millones de copias *

Capítulo aparte merece Norah Jones, quien fue acusada, como tantos artistas antes del sello, de hacer algo que no era jazz. De su debut, «Come Away With Me», se vendieron 20 millones de copias sin campaña de marketing, sin un «single» arrollador y sin encajar en el molde de un
género. Era, en todo caso, un disco bellísimo que parecía colocar de nuevo al sello en su lugar en la historia. Por Blue Note pasaron desde Van Morrison a otro de los nuevos fenómenos, Gregory Porter, y desde Herbie Hancock a Wayne Shorter. La gran casa del jazz volvía a latir con fuerza. Muchas cosas pueden decirse de Blue Note y de su legado, pero la más importante es que supieron entender su tiempo, dar valor a la creación no destinada a un público masivo y, a pesar de ello o gracias a eso mismo, lograr repercusión y hacer historia. Otra es que, en tiempos en que la música tiene la vigencia de unas pocas semanas, ellos registraron obras maestras. Una avalancha de reediciones permiten volver a disfrutar de su leyenda, felices ocho décadas, este año.

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