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HISTORIA

Cachao: el bajo más alto del mundo

Por: Jesús Vega
Fecha: 2018.09.14
Fuente: ´el Nuevo Herald

 Este 14 de septiembre, una de las figuras cimeras de la música cubana, en el más amplio sentido del término, aquí y al otro lado del mar, cumple cien años. Y empleo el presente gramatical, porque en él la muerte no hace mella.

Se llama Israel López (1918 – 2008, La Habana) pero lo llaman Cachao. Su verdadero nombre rima con música. Nacido en una familia loca por el bajo, por lo menos 35 miembros del clan Cachao han tocado el contrabajo en un momento u otro. Bien con la Filarmónica de La Habana o en conjuntos populares”. Así describe Guillermo Cabrera Infante a Cachao, un pseudónimo que fue también su marca distintiva, aunque aclarando siempre su procedencia original: el nombre de su abuelo, Aurelio López Cachao, quien influyó enormemente en su vocación, tanto como su padre,
Pedro López, un prestigioso bajista.

“Siempre fue la música. Mi familia fue eminentemente musical”, afirma el maestro en el documental /Cachao: Uno más. /“En mi casa se tocaba música todo el día, todo el tiempo […]. Mi madre tocaba un instrumento, mi padre otro, mi hermana, mi hermano, y yo. Así hacíamos la orquesta. Nosotros solo sabíamos de música. Nunca fui ni carpintero, ni mecánico. Siempre la música…”.

Una pasión que se materializó con su participación desde los ocho años en grupos musicales infantiles como percusionista desde 1926, posteriormente trompetista y tresero, y finalmente bajista, amenizando además las películas silentes, dirigido por Ignacio Villa, “Bola de Nieve”, a la vez que proseguía estudios de conservatorio. A los trece, se incorporó a la Orquesta Filarmónica de La Habana, junto a su hermano Orestes (1908-1991), con quien hizo historia. Vale destacar que al principio el joven bajista tocaba sobre una caja de madera porque su estatura le impedía alcanzar el traste del instrumento. Eso no le impidió desempeñarse dignamente bajo la dirección de Kleiber, Karajan, Stravinsky, Villa-Lobos y Doraty, entre otros.

Esa formación clásica (trabajó con la Filarmónica desde 1930 a 1960) fue un gran aporte en otra faceta importante porque, como sabemos, la música es una labor ardua y mal pagada y había que tener varios empleos. Así pudo dedicarse a su pasión más auténtica, la música cubana, en numerosas orquestas que amenizaban los centros nocturnos habaneros, como Arcaño y sus Maravillas (1937-1949). Esa simultaneidad le permitió tener una visión más amplia de lo que se podría crear e innovar profundizando en las fuentes del danzón y el patrimonio afrocubano. El resultado fue un auténtico maratón compositivo al perderse el libro de repertorio de la orquesta: mil quinientos danzones a partes iguales con Orestes (bajista y pianista), produciendo hasta 28 por semana, según el propio Cachao. En esas piezas bailables se sintetiza la voluntad de buscar la fusión entre corrientes tan diversas y globales. Solo basta leer algunos títulos: /Africa viva, Guajira clásica, Social Club Buenavista, Cundé echa un pie, /e inspiraciones en maestros clásicos como /María Eugenia /(Grieg), /Rapsodia en azul /(Gershwin) y /Canta, contrabajo, canta /(Koussevitzky), siempre con el último trío o “montuno”, célula sincopada que Arcaño bautizó como “Nuevo ritmo”.

En 1937, experimentando con las posibilidades del danzón cubano, los hermanos López crearon una pieza que marcó un antes y un después en la música universal: /Danzón-mambo, /estrenado en la emisora radial Mil Diez.//Un ritmo sincopado y singular que al principio el público no
entendió. “…Hicimos un ritmo tan rápido que la gente no podía bailarlo”, recuerda Cachao en la entrevista /Como Cachao no hay dos, /realizada por el periodista y musicólogo colombiano César Pagano. “Porque era la época del romanticismo, ellos no bailaban eso. Entonces acordamos reducir la velocidad, hicimos mambo-danzón y ahora sí la gente lo acogió. Posteriormente, en 1946, Dámaso Pérez Prado hace una música de mambo, la organiza con metales, saxofones, trompetas, trombones y ritmo completo. Pero, entonces, hay una cosa que quiero aclarar: ni Pérez Prado ni yo tuvimos nunca una controversia. Por el contrario, éramos buenos amigos”.

Pero ese no es el único mérito ignorado, pues a Israel y a Orestes López les corresponden dos créditos injustamente pasados por alto: la introducción de la trompeta en los conjuntos soneros, con su septeto Apolo (Orestes), y la autoría de los acordes de /Chanchullo /(Cachao), que introdujo Tito Puente en /Oye como va, /llevada a su máxima expresión por Carlos Santana. Además, en la pieza /Canta, contrabajo, canta/, grabada con Arcaño en 1940, Cachao interpreta el primer solo para contrabajo que se registra en la discografía cubana. El legado de Cachao va más allá del mambo.

Otro de sus grandes aportes es la “descarga”, precursora del Latin Jazz al estilo del /jam session/, otra dirección que adoptó el mambo acercando el son y el jazz, y que se materializó con el disco /Descargas cubanas, /comercializado en los Estados Unidos como /Cuban Jam Sessions
in Miniature, “Descargas”, /grabado en 1957 en La Habana por la casa Panart. “…Fue una cosa de ocasión, en el 57”, explica Cachao a César Pagano. “Cité a todo el mundo a las cuatro de la mañana e íbamos grabando hasta las nueve de la mañana. Hicimos en cinco horas todo eso
que oyeron ustedes de ahí en adelante, pero no lo hicimos con la idea de que fuera un gran negocio. La intención era innovar y tocar lo que nos gustaba. Después de todo eso nos dijimos: vamos a escondernos todos porque nos van a matar. Contra lo esperado, les gustó”.

Si bien la sesión fue improvisada, los músicos que reunió Cachao no lo eran. Cada uno de ellos constituía una eminencia en su instrumento: su hermano Orestes al piano, Generoso Jiménez (trombón); Niño Rivera (tres); Tata Güines (tumbadora); Guillermo Barreto (timbales), Richard
Egües (flauta); Virgilio Vixama y Emilio Peñalver (saxofones) Gustavo Tamayo (güiro), Alejandro Vivar (trompeta); Rogelio Iglesias (bongó) y Rolito y Reyes como vocalistas. Nombres que resonaron posteriormente en la historia musical cubana de múltiples maneras.

Precisamente ese fue el que encontró por azar Andy García cuando tenía doce o trece años, en la tienda de discos Do-Re-Mi de la Calle Ocho. “Allí encontré un disco que decía: /Jam Sessions in
Miniature///Descargas en miniatura/” remem ra en el documental mencionado. “En la carátula estaba aquel hombre con el bajo agarrado como si fuera una guitarra, y un grupo de músicos que parecían estar pasándola bien. Le pregunté a Rolando qué disco era […] , y me dijo: ‘Deberías comprarlo’. Me lo llevé a casa, lo escuché, y ese disco transformó mi vida”.

Y la transformó de tal manera, que en 1993 redescubrió a Cachao, el cual, luego de una vida de intenso trabajo en Madrid, Nueva York y Las Vegas, regresó a Miami a sumergirse en un casi anonimato entre 1970 y 1990, “… en total oscuridad, tocando en bodas y bautizos y hasta /bar
mitzvahs /en que el mambo hacía de /shogar/” como escribe Cabrera Infante.

Creo que se trata de un ciclo existencial por el cual tuvo que pasar el artista, desde la fama en Cuba hasta el volver a comenzar en el exilio; remontarse a la fama nuevamente con figuras como Machito, Charlie y Eddie Palmieri, Tito Puente, Patato y tantas otras luminarias en Madrid, Nueva York y Las Vegas, para recalar finalmente en Miami, de vuelta a los comienzos, cuando, según Arturo Sandoval, hubo que alquilarle un bajo para tocar, y Emilio Estefan tuvo que usar su todo su poder persuasivo para que Tommy Motola reconociera la importancia del maestro y propiciara su entrada en la casa Sony Music.

El resto es historia dentro de la historia: el reconocimiento, los discos, los Grammys, los conciertos y grabaciones con Bebo Valdés y Generoso Jiménez, las giras por el mundo -excepto Cuba, a la que jamás volvió- su presentación en la Casa Blanca, los documentales /Cachao, como su ritmo no hay dos /(1993) y /Cachao: Uno Más/(2008) producidos por Andy García, una estrella en Hollywood Walk of Fame (2003) y póstumamente, otro Grammy por /Cachao: The Last /Mambo (2012);. Se dice fácil, pero aquella trayectoria de cien años que comenzó en 1918 en la
misma casa donde nació José Martí, es un largo peregrinar de fe y amor por la música cubana.

Cuando le preguntaban al bajista Jaco Pastorius quién era el mejor maestro de su instrumento, respondía siempre: “Israel López ‘Cachao’”. Ese es quizá el legado más profundo de Cachao: la perdurabilidad de una tradición en las nuevas generaciones, como en su sobrino Orlando López,
“Cachaíto” y tantos otros. “El bajo más alto del mundo” como lo llamó Cabrera Infante, ha  cumplido su misión. Su música es parte de esa Cuba invisible que todos los exiliados llevamos dentro.

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