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HISTORIA

Alrededor de la medianoche. Pannonica de Koenigswarter.

Por: Mariche Huertas de la Cámara
Fecha: 2017.10.16
Fuente: Tomajazz

Foto : Thelonious Monk y Pannonica de Koenigswarter “la baronesa del jazz”.

Eran cerca de las doce. Había cierta neblina sobre el Hudson, fue idea de Janka alquilar un pequeño barco para esparcir sus cenizas. Nica deseó que su recuerdo quedara en esas aguas que tantas veces había contemplado desde el gran ventanal de su casa de diseño. Tenía que ser… alrededor de la medianoche.

Estaban cansados, algunos se habían desplazado desde países lejanos, pero aún seguían emocionados y, tal vez confusos. No sabían que su madre tuviera tantos amigos y ni siquiera que formara ya parte de la historia de ese género tan incomprendido como hermoso. La iglesia luterana de San Peter nunca se había visto tan abarrotada. Cientos de músicos negros agradecidos con una aristócrata blanca, judía, millonaria, que había soportado el cruce de aceras cada vez que alguien la veía cogida del brazo de un negro, que había iluminado sus vidas con su humanidad, inteligencia y su disposición para ayudar siempre que había apuros. ¿Qué hubiera sido de algunos de músicos como Art Blakey, Coleman Hawkins?… ¿Qué hubiera sido de Thelonious Monk?

Kathleen Annie Pannonica Rothschild nació un 10 de diciembre de 1913 en Kensington Palace Gardens, Londres. Su madre Rozsika Edle von Wertheimstein, era hija del baron Alfred von Wertheimstein de Transilvana. Su padre de nombre Nathaniel Charles Rothschild, de los
Rothschild, perteneciente a la dinastía europea judía que fue durante muchos años el “banco de Europa”, financiando estrategias militares de príncipes prusianos, guerras napoleónicas o hasta la construcción del mismísimo canal de Panamá.

El barón Rothschild no solo era un financiero millonario obligado, casi a regañadientes, a mantener la inmensa fortuna de su familia, sino que además, era un acérrimo aficionado a la entomología. Un día descubrió, en tierras húngaras, un nuevo espécimen de polilla de hábitos nocturnos, con alas amarillas, denominada Pannonica. Decidió que este sería el
nombre que añadiría a Kathleen Annie Rothschild, la menor de sus hijas, en adelante, Nica.

La infancia de Nica transcurre en las mansiones familiares, en una ambiente rodeado de maestros, sirvientes, mayordomos y nanis. Apenas conoce a otros niños que a sus propios primos y va vestida de blanco, siempre de blanco; con esa discreción sorprendente de los Rothschild. El lema de la familia era: “en los periódicos no se sale salvo cuando uno nace y cuando uno muere”

Su mundo era muy reducido, alguna visita de su familia y de algún que otro ilustre invitado. Einstein, de vez en cuando, asistía a eventos familiares. Aún recordaba las bromas y juegos de adivinanzas tan divertidos que el científico gastaba con ella y sus hermanas.

Su vida aún era ajena al antisemitismo que rondaba por media Europa y más ajena a las alteraciones mentales y depresiones que sufría su padre, agravada por una encefalitis, secundaria a la gripe española, y que le obligaba a someterse a tratamientos en las clínicas psiquiátricas más prestigiosas de Austria, ausentándose durante largas temporadas. Pero el
tiempo que el barón estaba bien, a Nica le gustaba escuchar con él los discos que se había hecho traer de Estados Unidos, de ese estilo musical que aún era desconocido en Europa, y lo llamaban jazz.

Nica vivía relativamente feliz, hasta que un día, del cuarto de baño alguien salió llorando al descubrir el cuerpo ensangrentado del barón. Se había quitado la vida.

Nica no se enteró de ello hasta dos años después, cuando Víctor vino a casa compungido porque sus compañeros le habían dicho que su padre se había suicidado. Su madre tuvo que explicárselo todo; después, nunca más se habló del tema. Como es tradición en los Rothschild toda la herencia va a los varones. Nica recibió solo un cinco por ciento de lo heredado por Víctor, su hermano querido. No importaba, eran muy ricos, lo que importaba era que no había podido hacer nada para evitar lo sucedido. Cuando alguien se suicida arranca a su vez un trozo de vida a los seres queridos, se sienten culpables y sus vidas ya no volverán a ser las mismas.

Nica encontraba consuelo en los discos de jazz de su padre y en los animales, adoraba a los animales, especialmente a los caballos. Su rabia la aplacaba con saltos arriesgados y carreras vertiginosas, que daban más de un susto a su madre; y dibujando, y lo hacia tan bien, que le concedieron una medalla de Plata de la Real Sociedad de Dibujo.

Pero ese aislamiento familiar, endogámico, la estaba embruteciendo así que Rozsika, la mandó a estudiar a Paris, a una escuela de señoritas. Después de dos años tediosos, soportando a las directoras que, según Nica, tenían tendencia lésbica y no dudaban en expresarla en ocasiones, fue enviada a Munich donde estudió en la Academia de Arte. Fue en este periodo, cuando Nica forjaría su particular estilo abstracto empleando para su pinturas, materiales como whisky, leche o incluso perfume.

Tras graduarse, emprende un largo viaje por las más importantes ciudades de una Europa, que aun no estaba en guerra, pero respiraba desasosiego. Ello pasaría por alto a dos jovencitas aristócratas que de palacio en palacio, en casi todos los países que visitaba siempre había unos primos o tíos Rothschild, dispuestos a acogerlas y a celebrar fiestas en su honor.

El jazz empezaba a asomarse tímidamente en las salas de baile londinenses. Víctor, su hermano, también había escuchado los discos de jazz de su padre y no se le daba mal el piano pero necesitaba perfeccionar su técnica y qué mejor que un maestro como Teddy Wilson, que por entonces pasaba una temporada en Londres, para darle unas clases. A Nica le gustaba acompañar a su hermano, no solo a las clases de Teddy sino a aquellos conciertos de jazz que en esa Inglaterra pre-bélica eran aún escasos.

Nica tenía otra pasión: la velocidad. Aprendió a pilotar y en una de esas fiestas de aficionados a la aviación se tropezó con otro amante de los aviones, judío y aristócrata también, proveniente de una familia alemana, que llevaba más de un siglo asentada en Francia, Jules de Koenigswarter. Fue un flechazo. Nica y Jules se las apañaron para esquivar a toda la cohorte de criados que Nica arrastraba en sus viajes por Europa, hasta que en un pretexto para visitar a su hermana a Nueva York, se casaron en el Ayuntamiento de la Gran Manzana.

Se instalaron en el Château D’Abondant que la familia de Jules tenía en el noroeste francés. La Guerra había estallado y Jules, comprometido con la Francia libre de DeGaulle, parte al Norte de Africa. Nica, todavía en la mansión, contemplaba como los criados empezaron a irse. Jules le dio instrucciones: si los nazis llegaban a un punto geográfico concreto, debían huir. El día llegó y Nica se dispuso a marcharse, pero la madre de Jules se negó a abandonar el castillo donde había pasado media vida. La baronesa y los niños consiguieron llegar a Londres después de tres días donde su madre la esperaba impaciente y desesperada. Los nazis llegaron al día siguiente de que Nica partiera. La madre de Jules terminó gaseada en Auschwitz. Al poco tiempo la tía materna de Nica, capturada por los nazis, murió en Mauthausen.

La baronesa estaba a salvo en su casa materna. Jules en África luchando contra el enemigo antisemita. La guerra cada vez se hacía más cruel, los nazis eran imparables, cada vez desaparecían más judíos y nadie sabía a dónde iban. Nica quería ayudar, voló a Nueva York y dejo los dos niños a salvo con unos amigos. Volvió con su marido al Norte de África para adherirse a la causa. Hizo de todo, desde chofer de ambulancias, traductora de códigos y claves, hasta contar cadáveres en el mismo campo después de una batalla. Su labor fue tan intensa, útil y valerosa que fue condecorada y nombrada teniente. La guerra por fin había terminado. A de Gaulle no se le había pasado por alto lo que Jules había hecho por Francia y le asignó un puesto de diplomático en Noruega.

La vida de Nica empezaba a dibujarse con compromisos diplomáticos, ya no había causas por las que luchar, y el aburrimiento empezó a apoderarse de ella. Ni siquiera el nacimiento de otros dos hijos llenaba su vida. De Oslo se trasladaron a México y, otro niño más… y más cenas de gala y Jules cada vez más higiénico y más puntual y más intolerante con la
naturaleza salvaje de su esposa y con esa música espantosa llamada “jazz”. La baronesa tenía que escaparse de vez en cuando a casa de un amigo para poder escuchar esos discos que le apasionaba, como también se escapaba a Nueva York, sobre todo a visitar a su amigo Teddy Wilson.

A Teddy le habían regalado hacía poco un disco de Thelonious Monk. En una de esas visitas recordó que no le había puesto a su amiga su más reciente adquisición, y aunque la baronesa tenía prisa, debía coger el vuelo de las siete, Teddy insistió y le invitó a que lo escuchara. Nica ni siquiera había oído hablar de ese pianista. “Round Midnight” sonó no una, sino veinte veces. Perdió el avión, regresó a México para recoger sus cosas y nunca más volvió a su hogar, uno nuevo le esperaba: Nueva York.

La baronesa dejaba cinco niños, un marido, un buen puñado de criados y una vida asfixiante con una banda sonora que no era la suya. No podía seguir escuchando jazz a escondidas, además quería conocer personalmente a los que creaban esos sonidos tan bellos; no podían ser malas personas y el país que lo había visto nacer, menos aún. Necesitaba libertad. Se había pasado media vida obedeciendo reglas, encorsetada en una sociedad de alta burguesía, endógena, desconfiada del mundo exterior. Había vivido lo más crudo de la guerra, había, literalmente, contado muertos y vivido la vilezas más grandes del ser humano y había sido testigo indirecta de la crudeza nazi, perdiendo a familiares y amigos. La vida diplomática no llenaba esos vacíos ni aminoraba sus pequeños traumas, especialmente la muerte de su padre, hecho del que se sentía responsable. Llevaba arrastrando todo eso, ya era hora de vivir, de vivir de verdad, de sentirse libre y sobre todo de sentir esa música que representaba libertad. Tenía cuarenta y dos años, quería volver a nacer.

El hotel Stanhope le gustó, así que decidió que una de sus suites sería su nuevo hogar. Además la calle 52 no estaba muy lejos y como ya no podía pilotar, al menos conduciría un buen coche; se compró un flamante /Rolls//–//Royce/ plateado.

Cuando cerraban los locales, los músicos continuaban sus conciertos con /jam sessions/ en su suite. Nica hacia lo imposible porque los músicos estuvieran a gusto y siempre había buenas provisiones de comida y alcohol pero también un buen equipo de batería y algún que otro instrumento. Su vida empezaba al mediodía y acababa de madrugada.

Una noche alguien aporreó desesperadamente a su puerta; parecía gravemente enfermo. La baronesa llamó al Dr. Freeman. El facultativo indicó que había que hospitalizarle; pero aquel individuo no quería ir a más hospitales, prometió guardar cama y ser buen chico. Nica y Janka, su hija, se turnaban para cuidarle. A los tres días parecía sentirse mejor, se levantó para ver la tele y allí sentado frente a un programa de risa fácil, murió. Era Charlie Parker.

fallecimiento de Charlie Parker

“El rey del bop muere en el apartamento de una rica heredera”. Los tabloides trataron calumniosamente la figura de la baronesa. Supuso el divorcio y la pérdida de la custodia de sus hijos menores. Nica jamás quiso volver a saber de la prensa, pero no renunció a seguir a apoyando a los músicos. Era una chica para todo. Su nuevo Bentley verde, el más veloz de la época, servía para llevar y traer a los músicos, los llevaba al hospital, se preocupaba por su salud, les dejaba dinero, los buscaba cuando se perdían víctimas de las drogas. Era toda un hada madrina. Una gran dama respetada, que tuvo algún agradecimiento: veinte temas compuestos para o inspirados por ella, algunos de los cuales se han convertido en bellos standards aunque sus preferidos eran “Litttle Butterfly” y “Pannonica” de Thelonious Monk.
Noticia de la muerte de Charlie Parker

A Monk lo conoció en Paris. Su amiga, la pianista Mary Lou Williams, les presentó en el auditorio donde tocaba esa noche. El público esperaba escuchar una especie de /dixieland/ y lo que escuchó fueron extrañas disonancias, /swing/ y no /swing/, “errores” y desconcertantes silencios. La crítica calificó el concierto como banal y estridente. Para Nica fue sublime y si haber escuchado “Round Midnight” cambió su vida, conocer al autor de la bella composición supuso una devoción que le duró hasta el final de sus días.

Las /jam sessions/ eran cada vez más intensas. El director del Stanhope le lanzó un ultimátum: o cesaban esas noches escandalosas o se vería obligado a echarla. Era el momento de buscar otro lugar, el hotel Bolívar. No estaba mal, de hecho Monk le dedicó el tema “Bolivar blues”. Pero estaba harta de hoteles y de directores de hoteles. Monk le sugirió
buscar un apartamento. Víctor se enteró de que el director de cine Josef von Sternberg, vendía su preciosa casa de inspiración Bauhaus. Era perfecta, tenía grandes ventanales con vistas al rio Hudson. Definitivamente ese sería su nuevo hogar. Lo llenó de instrumentos y de
gatos, tantos, que la casa se llegó a llamar Cathouse. Era un refugio no solo físico sino espiritual. Aquellos años eran cruelmente racistas, las leyes Jim Crow aún seguían vigentes y los músicos de jazz negros se enfrentaban con frecuencia a situaciones injustas, incomprensibles y que les llenaban de rabia, rabia que aplacaban con la música, era su escape, su consuelo y Nica siempre estaba allí, generosa pero elegantemente discreta.

Aquello sí que eran /jam sessions/, y lo mejor era que se juntaban para tocar músicos de formaciones distintas que difícilmente coincidían en los mismos clubes o que jamás grabarían algún disco juntos. Cada noche era mágica, irrepetible… aquellos individuos formarían algún día parte de la historia de la música. Nica decidió actuar en varios frentes: no solo se compró una grabadora, la Wollensak, y una cámara de fotos, la Polaroid, para inmortalizar las voces, sonidos e imágenes de esos personajes que estaban relajados y felices, sino que quería saber más: un poco de sus almas y a todos les decía “pide tres deseos”.

Los registros sonoros los posee la familia y no parecen dispuestos a compartirlos. De las fotografías quedan algunas, y de los deseos, alguien como Gary Giddins y Nadine de Koenigswarter se han encargado de recopilar y dar forma en un libro, casi el mismo que Nica mostró a varias editoriales y que rechazaron publicar porque “carecía de interés”.

Piden dinero para sus familias o para que tengan el suficiente para tocar lo que ellos quieran y donde ellos quieran, o paz en el mundo, o que no haya guerras, o que simplemente mejoren sus notas o… sexo, más sexo. Son frases cortas, palabras sencillas, tan sencillas como eran los que las pronunciaban. Gigantes de la música expresando deseos de vidas
sencillas.

“Pide tres deseos:”

Freddie Hubbard
“Felicidad”
“Éxito en la música”
“No consigo la tercera. Estoy intentando descubrir la tercera. ¡Ya sé!
Quiero un bebé.”

Art Farmer
“Solo uno: gustarme a mí mismo”

Billy Higgins
“Tener el genio de Thelonious Monk”
“Poder enviarles algo a mi mujer y mis dos niños”
“Una batería”

Sonny Clark
“Dinero”
“Todas las putas del mundo”
“Todos los Steinways”

John Coltrane
“Tener una inagotable frescura en mi música”
“Inmunidad de la enfermedad y de la mala salud”
“Tres veces el poder sexual que tengo ahora. Y algo más: amor para la
gente. Puedes añadir eso sobre el otro”.

Dizzy Gillespie
“No tocar por dinero”
“Paz permanente en el mundo”
“Un mundo donde no necesites pasaporte”

Nica: “La primera pregunta la hice a Thelonious Monk… ¿Si te dieran tres
deseos que se cumplieran inmediatamente cuáles serían?

Estábamos paseando, se detuvo por un momento para contemplar el reflejo
del /skyline/ de Nueva York sobre el río y me dio su respuesta…

Y yo le dije: “¡Pero Thelonious, tú ya tienes eso!”

Él se sonrió y continúo el paseo

“Tener éxito en la música”
“Tener una familia feliz”
“Tener una amiga loca como tú”

Nica compartió los éxitos de Monk en el Five Spot, en el Village Vanguard, en el Carnegie Hall… pero también el dolor que sintió cuando le retiraron su “licencia de cabaret”, una tarjeta que si se la quitabas a un músico en Nueva York, le quitabas un poco de vida y a Monk se la
retiraron en dos ocasiones. Fue encausada y a punto de ser deportada por protegerlo; estuvo a su lado cuando la salud de Monk empezó a deteriorarse: problemas de próstata, algún electroshock, consumo de narcóticos, whisky, esquizofrenia… se pasó los últimos diez años intentando encontrar una cura para todos sus males y sufriendo la impotencia de su aislamiento. Se quedaba las horas muertas mirando el /skyline/ de Manhattan. Nica decía que era capaz de hacer cambiar el rumbo de las nubes.

El 5 de febrero de 1982 Monk sufrió un ataque al corazón y entró en coma. Nelly su mujer y Nica se turnaban para cuidarlo día y noche hasta que el día 17 su corazón no aguantó más. Nica no estaba, no era su turno, murió en los brazos de Nelly. En el cortejo fúnebre, Nica se
empeñó en llevar a Nelly y a sus hijos en su Bentley pero a solo una milla de distancia del cementerio, el coche se paró de repente. Nelly y su familia se trasladaron a una limusina y Nica se quedó en el andén de la carretera con el coche averiado, sola. Ese fue el final de los
veintiocho años que había pasado con él. Cuando a Nica se le preguntó si se había arrepentido de algo, contestó que su único pesar era no haber encontrado un buen médico que curara a Monk.

En 1988 hizo su última aparición en público en el estreno del filme de Clint Eastwood, /Bird/. En noviembre de ese mismo año, unos días antes de cumplir setenta y cinco años, fue intervenida urgentemente de corazón. Esa misma mañana les había dicho a sus hijos que podía sentir la presencia de Thelonious Monk,. Lo había sobrevivido cuatro años, tal vez demasiado tiempo. Murió durante la operación.

Nica vivió dos vidas. La segunda la empezó escuchando “alrededor de la medianoche/” /y la terminó en el Hudson alrededor de la medianoche.

De espíritu rebelde, hizo en la vida lo que quiso. Esa rebeldía ayudó a muchos músicos de jazz, en una época en que no se llevaba ser mecenas de músicos negros, en que los derechos civiles no eran respetados. No le importó enfrentarse a miradas segregacionistas, críticas absurdas, y acusaciones de escándalos. “Round Midnight” era la banda sonora que
quería sentir hasta el fin de sus días y el único cautiverio que perturbó su espíritu libre fue su amor por Thelonious Monk.

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