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HISTORIA

DE INTERES: La herencia africana:

Por: Ricardo Arribas
Fecha: 2017.01.21

DE AFRICA A AMÉRICA:

Introducción que trata de intrigar al lector y animarle a cotillear en el resto de entregas de la serie de ocho capítulos que tratarán del proceso de la influencia africana en la las formas de expresión musical más genuinamente norteamericana: el blues y el jazz.

Todos sabemos que el jazz es producto de un complejo proceso de mestizaje, sincretismo o bastardización musicales (y culturales) en el que participan elementos africanos, americanos y europeos, que se produjo a lo largo de varios siglos y que cristalizó en torno a New
Orleans a principios del siglo XX. Esta afirmación es, obviamente, una cruda simplificación. No obstante sirve para aproximarnos a un aspecto esencial de la cultura negra americana en general y del jazz (que no es sino un pedazo de ese rico sustrato cultural) en particular: la nítida componente africana que los conforman.

Resulta evidente la existencia de una íntima conexión interna entre el jazz y el continente africano; curiosamente el largo, lento y difícil proceso de integración de los negros en la sociedad blanca tuvo, como consecuencia, el paulatino abandono de muchos de los elementos culturales africanos que habían sobrevivido a la debacle de la esclavitud, y luego, incluso, su negación y rechazo. No fue hasta los años cincuenta del siglo XX (aunque hubo precedentes, como el del jamaicano Marcus Garvey, que ya en los años veinte preconizaba la
fundación de un país que reuniese a toda la gente descendiente de africanos) que muchos intelectuales (y jazzmen como Charles Mingus, Max Roach, Sonny Rollins, Abbey Lincoln, John Coltrane o Randy Weston) miraron al hogar de sus antepasados y se vieron allí reflejados, y
empezaron a reivindicar activamente su pertenencia espiritual al Continente Negro, que a través de su testimonio nos llega  como un lugar casi mítico, catalizador de todas las particularidades genéticas (artísticas, filosóficas, intelectuales) propias de los negros, con un
glorioso pasado repleto de admirables civilizaciones milenarias… un lugar que había sido brutalmente expoliado por los blancos y del que habían sido arrancados sus antepasados, un lugar cuya grandeza había sido primero destruida y después silenciada por esos mismos blancos. Es decir, que todos estos músicos (y, en general, artistas y pensadores de todo tipo) volvieron su mirada hacia África en busca de sus raíces más profundas…y, de paso, en busca de la grandeza de que su historia  reciente parecía haber sido desposeída por haberse escrito durante su largo y doloroso cautiverio. De alguna manera, los negros estadounidenses encontraron su orgullo racial en aquel continente casi legendario.

Pero ¿hasta qué punto es real esa conexión espiritual entre los músicos negros del siglo XX y el continente del que habían sido raptados sus antepasados trescientos años atrás? ¿No será, en parte al menos, un mero mecanismo psicológico, no necesariamente apoyado en la realidad?

Sin duda esa conexión es muy real y palpable, y es posible rastrearla a lo largo de centurias de aplastamiento físico y psíquico: su esencia sobrevivió gracias a una tenaz, feroz resistencia y a su fascinante capacidad de adaptación a un medio vital insoportablemente inhóspito. Pero entonces el jazz, el blues, el soul, el rhythm&blues, el rock… toda esa música que dominó siempre, abrumadoramente, el mercado discográfico, que encandiló sin remedio a millones de personas de todo el mundo, y que hunde sus raíces en las tradiciones musicales afroamericanas es consecuencia indirecta de (entre otros muchos factores, claro)
trescientos años de sometimiento a la esclavitud de los negros en América, de la expoliación inmisericorde de un continente, de la destrucción de sus recursos vitales y humanos, de su condena a una miseria que aún hoy lo mantiene en el vagón de cola del planeta…

Se trata de un pensamiento inquietante, sin duda. No es cuestión de echarse en la espalda la responsabilidad de las tropelías cometidas por nuestros desalmados antepasados, ni de sentirse incómodos por el hecho de que la música que amamos provenga de una ignominia tan inasumible como la cometida hacia los africanos; pero tampoco resulta tranquilizador pensar que, de no haber saqueado los blancos occidentales África de manera tan sistemática, sin duda el jazz, el blues y, en fin, el mundo tal y como lo conocemos, no existirían. Parece, por ello, un acto de justicia inútil pero necesario que conozcamos, al menos
superficialmente, la existencia de ese saqueo, y que sepamos rendir tributo al oprobio con que nuestros antepasados trataron a África (similar a aquel otro con que la tratan hoy los descendientes de nuestros antepasados… pero esa es otra historia).

En parte por todo ello, pero fundamentalmente por pura curiosidad, me he propuesto trazar a lo largo de una serie de recortes unas líneas generales que nos permitan comprender mínimamente los mecanismos que culminaron con el trasplante de buen número de elementos y caracteres africanos a la cultura más rabiosamente americana, y cómo esos elementos sobrevivieron hasta el surgimiento del jazz en los primeros años del siglo XX. Se trata de un viaje de descubrimiento (o, al menos, de búsqueda) de las raíces africanas en el jazz y, más en general, en la música surgida en América durante el siglo XX; durante el mismo
hurgaremos en pedazos de la historia a menudo dolorosos pero siempre fascinantes, y seguramente llegaremos a entender el por qué del vigor y vigencia, hoy más que nunca, de la herencia africana en la cultura occidental actual.

Dada la amplitud y variedad del tema he preferido dividir el texto en ocho recortes más o menos autónomos, que serán publicados sucesivamente y que a continuación enumero:

Cap1*1* “De África a América”. Se trata de la introducción al texto en sí, en que se trata de intrigar al lector y animarle a cotillear en el resto de entregas de la serie.

Cap2*2* “Un comercio indigno” analiza someramente las condiciones que propiciaron, y en que se desarrolló, el comercio con esclavos entre África y América.

Cap3*3* En “Culturas en colisión” echaremos un vistazo a algunas características culturales esenciales para comprender la relación entre blancos y negros en América, y buscaremos los principales aspectos de las culturas africanas que pervivieron en el Nuevo Mundo.

Cap4*4* “La música cruza el Atlántico” repasa las características generales de la música que los esclavos llevaron a América, las claves africanas de esa música y cómo esas claves se adaptaron a su nuevo medio geográfico y cultural.

Cap5*5* “La religión de los negros en América” indaga en el paulatino (y particular) proceso de cristianización de los esclavos, y en la importante presencia de la música en su expresión religiosa. En este recorte, y en los tres últimos, nos centraremos fundamentalmente en las
andanzas de los esclavos norteamericanos, que terminarían participando de manera esencial en el surgimiento del jazz, y dejaremos ya de lado a los que habitaban Sudamérica y las costas caribeñas.

Cap61*6* En “La música de los esclavos” repasaremos las diferentes formas musicales creadas o adaptadas por los negros durante los siglos de esclavitud, ampliando las pistas ya enunciadas en “La música cruza el Atlántico” y “La religión de los negros en América”.

Cap7*7* “La música negra tras la Emancipación” expone los primeros pasos musicales que dieron los negros en América como hombres libres, si bien aplastados bajo el yugo del racismo y la segregación raciales.

Cap81*8* Finalmente, en el artículo “El blues, el jazz” enlazamos todo el sustrato musical anteriormente descrito con estos dos pilares básicos de la música negra en Estados Unidos, chapoteando brevemente en la orilla de su surgimiento y características generales.

 
    La herencia africana: un comercio indigno

"Un comercio indigno" analiza de manera somera las condiciones que propiciaron y en que se desarrolló el monstruoso comercio con esclavos secuestrados en África y llevados en condiciones infrahumanas a América para no volver jamás.

En esta tabla se enumera la cantidad de personas transportadas desde África a cada área colonial durante los siglos XVI-XIX.

En esta tabla se enumera la cantidad de personas transportadas desde África a cada área colonial durante los siglos XVI-XIX.

Es de sobra conocido que la emigración de millones de almas de raza negra a América entre los siglos XV-XVIII no fue sino un secuestro de proporciones moralmente inasumibles. El ser humano ha ilustrado su ausencia de escrúpulos en buen número de ocasiones a lo largo de su historia, este es uno de los mejores ejemplos.

Durante los primeros compases de la colonización de América las potencias europeas cayeron en la cuenta de que podían obtener de manera relativamente sencilla la mano de obra que sus plantaciones en el Nuevo Mundo requerían, simplemente transportándola desde África. Entre las cualidades del ser humano nunca ha abundado esa que, paradójicamente, llamamos humanidad, así que las dudas en torno a la decencia de la cuesta en práctica de tan genial idea no debieron atormentarles mucho… si nos permitiésemos un puntito de sarcasmo, podríamos pensar que probablemente hasta que alguien calculó las toneladas de café, tabaco y azúcar que podían traer de América si se dejaban de pamplinas morales.
Además, a la mano de obra en cuestión no cabía considerarla del todo humana.

Unas pocas cifras para sobrecogernos el espíritu: se estima que arribaron como esclavos a costas americanas más de once millones de africanos, que el 15% de esclavos moría durante la brutal travesía atlántica (2 meses y medio en condiciones inhumanas, hacinados en los
veleros transatlánticos), y que un número igual al que embarcaba había muerto entre su captura y su embarque (solo los realmente duros de corazón debéis documentaros respecto a cómo las gastaban los tratantes de esclavos en África). La cuenta es fácil, pero renuncio a hacerla, deprime suficientemente solo imaginar el número final. Todo ello a mayor gloria de nuestro imperio, entre otros igualmente avanzados

Fotografía actual que muestra el interior de un castillo en Cape Coast (Ghana). Es el pasillo que lleva del patio a la puerta que da al exterior lamada Gate of no return (la puerta sin retorno), ya que los esclavos que la cruzaban eran embarcados hacia América y no habían de
regresar jamás a África.

Fotografía actual que muestra el interior de un castillo en Cape Coast (Ghana). Es el pasillo que une el patio y la puerta al exterior lamada Gate of no return (la puerta sin retorno), ya que los esclavos que la cruzaban eran embarcados hacia América y no habían de regresar jamás a África.

El asunto es bastante más complejo de lo que estoy dando a entender: de entrada los negros africanos ya antes del descubrimiento de América por los occidentales eran secuestrados como esclavos para su explotación en Europa (el primero llegó a Portugal en 1441), aunque este mercado nunca tuvo verdadera entidad. Le cabe a Portugal, pues, el dudoso honor de ser la primera potencia en explorar las posibilidades económicas del
mercadeo con indígenas africanos (aunque pronto hubo de enfrentarse a la feroz competencia de las potencias vecinas).

Los europeos estaban, a finales del s. XV, buscando el modo de conectarse comercialmente con los mercados asiáticos sin necesidad de circunnavegar África, pues el Imperio Musulmán de Oriente Medio constituía una seria amenaza para la hegemonía comercial, política y
religiosa de la Europa Cristiana. Ello llevó al descubrimiento y colonización, a partir de 1492, del Nuevo Mundo. Ese descubrimiento, por tanto, tuvo un trasfondo nítidamente económico y comercial, y otro tanto cabe decir de la subsiguiente colonización: los amplios territorios
vírgenes y la fuerte demanda en Europa de productos relativamente fáciles de cultivar en América establecieron las bases para un mercado nuevo y prometedor.

Únicamente restaba solucionar el problema de la mano de obra, y la posibilidad de aprisionar africanos como esclavos con un coste asumible fue la solución. En principio se utilizó, cómo no, a los propios nativos americanos, pero su población fue generalmente diezmada durante la vigorosa resistencia militar que opusieron a la conquista o a causa de enfermedades importadas de Europa, hasta el punto de que pronto se promulgaron leyes para impedir su completa aniquilación (la curia católica decidió, en el Debate de Valladolid, que los nativos del Nuevo Mundo tenían alma y que, por tanto, debían ser considerados seres humanos, lo que llevó a que en 1542 se prohibiese su comercialización como esclavos), aniquilación que, no obstante, tuvo lugar en algunas islas caribeñas (en las Antillas, por ejemplo).

Las cuestiones morales a que antes aludía quedaron rápidamente zanjadas (si es que realmente llegaron a tener alguna entidad) gracias a la oportuna intervención, de nuevo, de la Iglesia Católica, garante entonces, como ahora, de la rectitud de comportamiento del ser humano. Así, aquel mismo año 1452 el Papa Nicolás V dictó una bula papal otorgando a los cristianos el derecho a reducir a sarracenos, paganos y otros infieles a la esclavitud hereditaria. Los protestantes no dudaron en bendecir igualmente tan lucrativo comercio.

 Y así se dio inicio al lúgubre y forzoso éxodo de millones de africanos al otro lado del Atlántico, que entre los siglos XV-XVIII constituyó una de las aristas del triángulo comercial intercontinental iniciado con la exportación de productos de Europa al Oeste Africano (fundamentalmente armas, ropa y alcohol) para su trueque por esclavos, continuado con el
transporte y explotación de estos en América y rematado con la exportación a Europa de productos fundamentalmente agrarios como el azúcar, el algodón y el tabaco.

Los portugueses primero, españoles, británicos, holandeses y franceses después, establecieron importantes asentamientos a lo largo de la Costa Oeste africana (como Elmna Castle, en la llamada Costa del Oro –el actual Ghana-) y saquearon ferozmente su población, compitiendo violentamente entre sí por controlar el floreciente comercio. Desanimados de aventurarse en el interior del continente en busca de sus presas debido a las mortíferas enfermedades que lo habitaban (fundamentalmente la malaria) y a la cada vez más férrea resistencia militar que encontraban al alejarse de la costa, habitualmente se limitaron a comprar los esclavos a las autoridades y tratantes locales, en los mercados de sus asentamientos costeros.

Tan eficazmente se entregaron los europeos a su tarea que pronto les fue necesario establecer nuevos puntos de abastecimiento hacia el sur del continente y, eventualmente, en la Costa Este (especialmente en Madagascar, que era ya objeto de importantes saqueos esclavistas con destino al mercado asiático a través del Océano Índico).

De todos modos en África, como en el resto del mundo, la esclavitud no era algo nuevo en el s. XV. Era habitual que los diferentes reinos e imperios del continente se sirviesen de los prisioneros de guerra como esclavos, y lo era también la exportación de esclavos africanos a otras tierras. Como escribió el célebre historiador congoleño Elikia M’bokolo en abril de 1998 (ver Nota 1),“el continente africano fue despojado de sus recursos humanos de todos los modos posibles. A través del Sahara, por el Mar Rojo, desde los puertos del Océano Índico y por el Atlántico. Al menos diez siglos de esclavitud a beneficio de los países musulmanes
(entre los siglos IX y XIX, cuatro millones de esclavos exportados por el Mar Rojo, otros cuatro millones desde los puertos Swahili en el Océano Índico, unos nueve millones a través de las rutas de caravanas trans-saharianas y entre once y veinte millones a través del Océano Atlántico”. Tela.

La voracidad de esclavos de los colonos europeos en América era tan grande que la venta de esclavos se convirtió en un negocio tremendamente próspero para los reinos africanos, de tal modo que los esclavos dejaron de ser una consecuencia de la guerra para convertirse en su causa (un lamento habitual de los dirigentes africanos era “vender esclavos o ser vendidos como esclavos”). Es más, llegó a hacerse habitual la venta de convictos (ladrones y criminales) como esclavos a los europeos, y la pena de muerte desapareció en muchos lugares debido a que era infinitamente más lucrativo, y en la práctica equivalente dado que
aquella gente desaparecía del continente de por vida, vender los criminales con destino a América que ejecutarlos.

Curiosamente cuando, andando el tiempo, los países europeos fueron aboliendo la esclavitud (en Inglaterra, por ejemplo, se abolió en 1833, y en Francia en 1848), diversos reinos africanos protestaron enérgicamente contra tan injusta medida. El rey Gezo de Dahomey afirmó (ver Nota 2) que “el comercio con esclavos es uno de los principios rectores de mi pueblo”, y que “es la fuente y la gloria de su salud… las madres arrullan a los niños para dormirles cantándoles los triunfos sobre enemigos reducidos a la esclavitud”. Y en 1807 el rey de Bonny dijo en referencia a la prohibición del comercio con esclavos (ver Nota 3) “creemos que este comercio debe continuar. Es el veredicto de nuestro oráculo y nuestros hechiceros. Ellos dicen que vuestro país (se refería a Inglaterra, que acababa de prohibir el comercio con esclavos), con todo y ser grandioso, no puede detener un comercio ordenado personalmente por Dios”.
 
*Índice de notas*
Nota 1: Cita del historiador congoleño Elikia M’bokolo (Le Monde Diplomatique, abril de 1998).
Nota 2: Frase del Rey Gezo de Dahomey (1840), citada por el historiador británico Hugh Thomas.
Nota 3: Frase del Rey de Bonny (dentro de la actual Nigeria), en 1807.
 

    La herencia africana: culturas en colisión

Un vistazo a algunas características culturales esenciales para comprender mejor la relación entre las comunidades blancas y negras en América, y los principales aspectos de las culturas africanas que pervivieron en el Nuevo Mundo.

Como hemos visto, los esclavos llevados a América procedían de zonas del continente africano muy alejadas entre sí, de pueblos, reinos e imperios absolutamente extraños, con lenguas y rasgos culturales diferentes cuando no contrapuestos, a menudo enemistados desde siglos atrás. Ello propició que en las colonias americanas existiese una amalgama cultural extraña y compleja que dificultó enormemente el surgimiento de una conciencia común entre las víctimas del genocidio.

Pero una cosa sí unía inextricablemente a toda aquella gente: su supervivencia (o no) en condiciones física y psicológicamente inhumanas, bajo un régimen de tortura crudo, constante y vitalicio, sin posibilidad de regreso a una vida anterior que había sido literalmente aniquilada. Los secuestros en África, los horrores de la travesía atlántica, la
sujeción a una organización vital paupérrima en América y la brutal explotación ¿laboral? en las plantaciones del Nuevo Mundo… todo ello nos lleva a lamentar profundamente la suerte corrida por esta gente a manos de nuestros antepasados, y a atisbar la magnitud de su desgracia: son vejaciones fácilmente comprensibles, que dibujan un panorama instantáneo
de desolación y dolor. Pero los esclavos africanos en América padecieron un destino particularmente triste debido también a ciertos factores, no tan inmediatos pero igualmente comprensibles, que convirtieron su cautiverio en una experiencia especialmente dolorosa.

Para empezar los europeos no los consideraban seres humanos. Así, como suena. Sin duda la esclavitud sume a quien la padece en una situación social límite, pero la condición de esclavo no conlleva en sí la consideración de ser “no humano”… esa es una aportación original de las potencias occidentales que afectó poderosamente a las relaciones entre
captores y cautivos, pues estos quedaron así reducidos al status de meras propiedades, como los carros, la ropa, los aperos de labranza o los caballos, lo que comportó un plus de ignominia difícil de soportar. Reproduzco aquí un texto, tristemente ilustrativo, escrito por Frances Anne Kemble, en que la actriz comenta sus impresiones al descubrir en un coro vocal a un negro, al parecer “su primer” negro (ver Nota 1): “(…) un individuo de piel negrísima, que (…) canta al unísono con ellos, sin la menor discrepancia, tanto en lo referente al ritmo como en lo referente a la melodía. Y, dicho sea de paso, este individuo habla, por lo que no me queda más remedio que presumir que no se trata de un simio, un orangután, un chimpancé o un gorila. (…) Nunca había visto manos tan magníficamente largas y estrechas, y pies tan largos y planos, que no pertenecieran a un ejemplar de las grandes especies de cuadrumanos”. Y, puestos a estremecerse, vale la pena fijarse en estos dos anuncios de
prensa de 1853, entonces perfectamente habituales: “Veinte dólares de recompensa – Joven negra huída, de nombre Molly, 16 o 17 años de edad; marcada recientemente en el carrillo izquierdo con R, y con un trozo de oreja cortado en el mismo lado; la misma letra en la parte interior de sus dos piernas”; y “se venden dos yeguas de tiro, dos yeguas del Canadá
y dos negras, madre e hija. Las yeguas, juntas o separadas; las negras, juntas o separadas”.

Por otra parte, esa condición de seres “no humanos” atribuida a los negros operaba necesariamente más allá de la propia esclavitud: aún en el caso de alcanzar la libertad, la integración de los negros en la sociedad era prácticamente imposible pues su color de piel los delataba como seres inhumanos, y como tales eran considerados. Bien es cierto que
esa supuesta inhumanidad era antes consecuencia de un interés consciente de las autoridades (hubiese sido psicológicamente más difícil asumir la brutal explotación de que los esclavos eran objeto en caso de estar estos considerados como hijos de dios…) que de la observación directa de los colonos (como hemos podido comprobar al leer el testimonio de Frances Anne Kemble, confundida ante un supuesto mono que a ella se le antojaba bastante humano). En todo caso, los captores de esclavos se entregaron con generalizada fruición a la labor de humillar, vejar y explotar a los esclavos, como hacían con otros instrumentos de
producción a su disposición.

Por si fuera poco, la mera inmersión forzosa de los africanos en una cultura diametralmente opuesta a la suya había de resultar psicológicamente demoledora. Dice el escritor y activista estadounidense Amiri Baraka en su excelente ensayo Blues People: Música Negra en la
América Blanca (ver Nota 2): “Los americanos importaron esclavos a sus países, y estos países no solamente eran extranjeros, desde un punto de vista físico y ambiental, para los esclavos, sino que tenían el carácter de productos de un sistema filosófico totalmente extraño”. La cultura africana, dentro de su diversidad, estaba firmemente asentada sobre la
creencia en la existencia de un Destino determinado que solo los dioses, conmovidos por los actos de los hombres, podían modificar. Pues bien, un individuo criado con esa mentalidad no podía ser capaz de comprender la de sus captores, que pertenecían a una cultura humanista, cada vez más desentendida de los asuntos divinos y que rendía culto a la grandeza de
los logros y posibilidades humanas; a ellos debía parecerles una sistemática e incomprensible afrenta a los dioses cada una de las actitudes y resoluciones de los occidentales. Sencillamente, eran incapaces de comprenderles.

Claro que la incomprensión era mutua. La diferencia era que, víctimas de su habitual arrogancia, los occidentales se limitaron a despreciar y, en la medida de lo posible, destruir, una amalgama cultural tan rica y compleja como la de los esclavos africanos simplemente por serles extraña, sin hacer el menor esfuerzo por comprenderla o, al menos, respetarla. Como dice Amiri Baraka en el ya mencionado Blues People (ver Nota 3), “una de las más perennes características del blanco occidental ha sido siempre la fanática presunción de que sus sistemas e ideas acerca del mundo son los más deseables y, lo que es más, que las gentes
que no se sienten atraídas por ellos, o que, por lo menos, no los admiran, son salvajes o enemigas. La idea de que el pensamiento occidental pueda parecer exótico, si se contempla desde otro panorama, jamás ha nacido en la mente de la mayoría de los occidentales”.

Los hijos de los esclavos llegados a América únicamente conocieron la tierra de sus padres como un lugar mítico e inalcanzable, a través de cuentos, relatos y canciones. Pero incluso este conocimiento se vio a menudo truncado, pues era frecuente que los niños fuesen separados de sus padres siendo muy pequeños (a veces para venderlos, pero también en
ocasiones para evitar que los padres les ahorrasen el horror al que habían nacido, asesinándolos). Aún así el vector cultural africano, el nexo que unía a los negros entre sí y con su pasado en libertad, con los suyos, no desapareció por completo de los corazones de aquella gente; al contrario, en la medida en que ello fue posible. La religión, la magia y las artes no plásticas (la música y la danza de manera particular) se abrieron camino de algún modo en América, y de hecho son a día de hoy la más patente herencia del pasado africano de los negros americanos. También sobrevivieron diversos giros idiomáticos, palabras, etc, que quedaron incorporados al balbuceante inglés/español/portugués/francés de los africanos (quienes, en general, tardaron bastante en aprender sus nuevos idiomas y, cuando lo hicieron, adaptaron como pudieron la fonética de esos idiomas a sus particulares inflexiones vocales, creando una especie de lenguas corruptas a menudo ininteligibles para los
blancos). En cambio todos los componentes más o menos materiales de su cultura naufragaron durante la travesía atlántica (herramientas, gran parte de los conocimientos y recursos técnicos, etc).

De todos modos es importante anotar que hubo grandes diferencias en cuanto a la pervivencia de lo africano entre los esclavos de unas regiones y otras de América. A grandes rasgos podemos decir que en los territorios que con el tiempo conformaron los EEUU la cultura africana había prácticamente desaparecido al cabo de unas pocas generaciones,
mientras que en Haití, Brasil, Cuba y la Guayana sobrevivió en gran medida.

La causa fundamental fue la diferente organización colonial en unos y otros lugares. Dice Baraka (ver Nota 4) que “unicamente en Estados Unidos los esclavos eran utilizados para trabajar en pequeñas explotaciones agrícolas”. Y el antropólogo e historiador estadounidense Melville Herskovits afirma (ver Nota 5) que “la situación era muy distinta en las islas del Caribe y en Sudamérica. Allí las proporciones numéricas eran más exageradas. Las fincas en las que una sola familia poseía docenas, e incluso cientos, de esclavos eran corrientes, y el “blanco pobre” era un ser tan raro que únicamente se le mencionaba para denigrarle”. Una cita más, esta del periodista y crítico social estadounidense Frederick Olmstead (Ver Nota 6), referente a una colonia norteamericana: “El más común habitáculo de los blancos está constituido por troncos o por maderas muy precariamente unidas, y a un extremo de la casa se alza una chimenea de ladrillos. Los niños blancos y negros suelen revolcarse juntos, con gran promiscuidad, en el suelo frente a las puertas de entrada. La cohabitación y las relaciones entre blancos y negros sorprenden sin cesar. Las mujeres negras llevan en sus brazos a niños blancos; los niños negros y los niños blancos juegan juntos (pero no van juntos a la escuela)”.

Por cierto que, en su afán por impedir en lo posible el nacimiento de una conciencia de grupo entre los esclavos, y espoleados por la creencia de que los tambores eran utilizados como medio para organizar y propagar motines y revueltas, los colonos prohibieron con frecuencia,
especialmente en las colonias caribeñas y norteamericanas, la danza, el uso de los tambores y, en general, cualquier tipo de práctica religiosa de origen africano o reunión festiva. El resultado previsible de esa prohibición fue la aparición de ritos y celebraciones religiosas
clandestinas, como el vodun o la santería, por cierto muy marcadas por sus respectivas formas de danza y música. Los tambores, por su parte, continuaron utilizándose ampliamente, y solo en las colonias de Estados Unidos desaparecieron de las actividades públicas (si bien hay abundantes testimonios que atestiguan su uso durante esas celebraciones clandestinas a que antes aludía, y con independencia de que en New
Orleáns nunca se prohibió su uso, si bien se reguló de manera que únicamente podían tocarse los domingos y durante la celebración de funerales).

Pese a los desvelos de los colonos las revueltas y motines se dieron con frecuencia, lo que motivó la fuerte militarización de la mayoría de las colonias (el número de esclavos en ellas era a menudo 20 veces superior al de la población blanca). Especialmente en Jamaica, Santo Domingo y Brasil, partidas de esclavos huidos escaparon a las montañas y consiguieron sobrevivir allí durante décadas, convirtiéndose en verdaderas leyendas para los esclavos en las plantaciones (son los llamados maroons -cimarrones–).

De todos modos, feliz e inevitablemente, las diferentes culturas que se revolvieron en el crisol americano rápidamente empezaron a contaminarse unas de otras. Los propios colonos adoptaron gestos, palabras y formas de cultivo de sus esclavos. A principios del s XVIII este mestizaje cultural, generalizado en todos los territorios americanos, cristalizó espectacularmente en New Orleáns, que ya se había convertido en un importante puerto comercial. Las leyes de New Orleáns reconocían a los negros (gens de coloeur) un status social intermedio, que contemplaba la existencia de ciertos derechos (entre ellos, como ya hemos comentado, el de reunirse “libremente” los domingos para celebrar sus ritos y
festejos, lo que dio lugar a las míticas fiestas de Congo Square). Resulta curioso, pese a la bien ganada reputación retrógrada de la Iglesia Católica, que en los asentamientos católicos estuviese permitido el matrimonio entre gente de distinto color… ese hecho resultó ser un
factor determinante en el proceso de mestizaje que con el tiempo daría lugar a las magníficas creaciones de la cultura afroamericana, en contraposición con las colonias británicas del norte en que este emparejamiento no se dio (de hecho en ellas se impuso la llamada “one drop rule”, norma que establecía que todo ser humano con algún antepasado negro había de considerarse negro).

Con todo, como decía antes la mezcolanza cultural era inevitable: aún siendo unos explotadores y otros explotados, el hecho era que todos ellos eran seres desarraigados con necesidad de relacionarse con otros congéneres. Por ejemplo era habitual que los niños de colonos y esclavos jugasen juntos, y el inglés de los colonos se fue adaptando a las
necesidades propias del Nuevo Mundo y adoptando a menudo palabras, expresiones y sonidos provenientes de los esclavos africanos (parece ser que la expresión O.K., mismamente, tiene origen africano).
 
*Índice de notas*
Nota 1: Diario de una Estancia en una Plantación en Georgia (Frances
Anne Kemble (1838-1839)
Nota 2: Blues People: Música Negra en la América Blanca (Amiri Baraka,
1963).
Nota 3: Blues People: Música Negra en la América Blanca (Amiri Baraka,
1963).
Nota 4: Blues People: Música Negra en la América Blanca (Amiri Baraka,
1963).
Nota 5: The Myth of the Negro Past (Melville Herskovits, 1941).
Nota 6: Journey in the Seaboat Slave States (Frederick Olmstead, 1863).

La herencia africana: la música cruza el Atlántico

Repaso a las características generales de la música que los esclavos llevaron consigo a América, las claves africanas de esa música y cómo esas claves se adaptaron a su nuevo medio geográfico y cultural en el que se encontraron muy a pesar suyo.

Vamos a fijarnos a continuación en algunos de los principales elementos musicales que manejaron los esclavos africanos en América. Pero para ello convendrá regresar primero, temporalmente, a África, hasta donde es fácil rastrear el origen y, a menudo, la plasmación literal, de muchos de esos elementos.

        El latido africano

Regresaremos primero, temporalmente, a África, hasta donde es fácil rastrear el origen y, a menudo, la plasmación literal, una buena cantidad de elementos musicales manejados por los esclavos africanos en América. De entrada conviene sacudirse de encima las convenciones, tan propias de los occidentales, que dibujan África como una tierra salvaje y atrasada, poblada por tribus aisladas entre sí y sumidas en una perpetua edad de piedra prehistórica. De hecho durante muchos siglos (s. VII-XII) Europa languideció, sacudida por el hambre y las enfermedades, mientras el Islam dominaba todo el norte de África y gozaba de una edad de oro cultural durante la cual las matemáticas, la astronomía, la navegación y la ciencia en general vivieron importantes avances. Y multitud de reinos e imperios florecieron en el África subsahariana durante centurias, hasta que la colonización europea los diezmó
dramáticamente, no tanto por tratarse de sociedades culturalmente atrasadas como a causa de la superioridad tecnológica y militar de las potencias europeas.

En cuanto a la música, y al igual que sucedió en el resto del mundo, apareció en África ya en época prehistórica: parece ser que la música es algo consustancial al ser humano, pues allá donde han surgido una cultura o civilización humanas lo ha hecho igualmente la música, por muy aisladas que esas cultura o civilización estuviesen. Este fenómeno se ha observado igualmente en las tribus que han permanecido hasta épocas recientes totalmente alejadas del contacto con otros asentamientos humanos.

En el centro y el oriente africanos, y en general en toda el África subsahariana, había en torno al año 1100 (y en adelante) unos rasgos musicales más o menos comunes y una miríada de localismos diferentes. Entre los primeros la utilización de elementos rítmicos similares, el uso de instrumentos de viento, percusión (en una asombrosa y exuberante
diversidad) y cuerdas, y la utilización de la voz como elemento expresivo de primer orden. Hemos de ser conscientes, no obstante, de que hacemos una cruda simplificación cuando hablamos de “música africana” como un todo homogéneo, teniendo en cuenta que nos referimos a culturas independientes establecidas en un espacio enorme (el continente
africano) y en un lapso de tiempo de varios siglos (ciñendonos al saqueo de esclavos con destino a América, aproximadamente 400 años entre los siglos XV-XIX).

Parece ser que en el centro de África la música tuvo siempre una presencia mayor en la vida de los habitantes de reinos e imperios que en otros lugares del mundo (en la Civilización Occidental, mismamente). La música era antes un elemento integral de las actividades sociales y rituales que una actividad puramente estética: su carácter esencialmente funcional se evidencia en la constante utilización que de ella se hacía durante la realización de actividades tales como las labores agrícolas, la celebración de nacimientos, matrimonios, cacerías y actividades políticas y sociales, o como parte integral de celebraciones religiosas
(el alejamiento de los malos espíritus, el rendimiento de pleitesía a los ancestros, etc…). Había un gran número de rituales que contaban con sus particulares manifestaciones instrumentales y vocales, y la función social de la música se traducía en el hecho de que todo el mundo participaba activamente en su creación. La interacción entre los músicos y el resto de la comunidad era constante y profunda, de hecho no había una diferenciación clara entre unos y otra puesto que todos los asistentes a los actos sociales-musicales participaban activamente en la creación musical.

El marinero británico Robert Adams describió de este modo la música que presenció en África (ver Nota 1): “El baile es el principal y favorito entretenimiento de los nativos de Timbuctoo; tiene lugar una vez a la semana en la ciudad, cuando cien o más bailarines se reúnen, hombres, mujeres y niños, aunque en mayor número los hombres. Al mismo tiempo que
bailan cantan  extremadamente fuerte la música del tamboril, fife y bandera, de tal manera que el ruido puede escucharse en toda la ciudad; bailan en círculo y, cuando el espectáculo dura hasta el anochecer, alrededor de un fuego. Habitualmente empiezan unas dos horas antes del anochecer, y el baile a menudo dura toda la noche. Los hombres llevan el peso del baile durante el día (…). De día la danza conserva cierta decencia, pero cuando se aproxima la noche  y las mujeres van cobrando protagonismo, sus cortos y finos vestidos y la agilidad de sus movimientos no admiten la preservación del menor decoro”.

Otra cita, esta de Sir William Young, que en 1791 entró en contacto con la música africana en el transcurso de una recepción y quedó muy sorprendido, igual que Robert Adams en la cita anterior, más por la procacidad de la danza que por la música en sí (ver Nota 2): “(…) nuestra música consistía en dos  excelentes violines y un tambor (…) había unas diez y ocho parejas bailando (…). De repente entró en escena un nuevo grupo de músicos con un balafón, instrumento compuesto por piezas de madera dura de diferentes diámetros, colocadas en fila sobre una especie de caja (…). Tocaron dos o tres tonadas africanas, y alrededor de doce muchachas, al oír ese sonido, salieron de sus cabañas y se acercaron, y empezaron a bailar un curioso y muy lascivo baile, con tanta gracia como desparpajo; de este último, mucho verdaderamente”. De todos modos, la expansión del Islam en el norte de África (s. VII en
adelante) tuvo importantes consecuencias para el desarrollo de la música de las áreas más influenciadas por su presencia: estas regiones acusaron la llegada de instrumentos como el oboe, técnicamente más difíciles de tocar, que propiciaron la aparición de músicos profesionales y rompieron en parte ese esquema de participación colectiva en la creación musical.

Es curioso cómo algunos autores (Van Der Merwe) notan que, a pesar de las evidentes diferencias entre la música occidental y la africana, la colisión entre ambas no fue del todo estéril porque existían rasgos vagamente comunes que la facilitaron sutilmente. Así, el contacto del Islam tanto con los reinos e imperios del norte de África como con las potencias occidentales (como consecuencia de la ocupación de la Península Ibérica), propició la impregnación de algunos elementos musicales entre unos y otros que siglos después, con el éxodo esclavista, facilitó en cierto modo la fusión de elementos musicales.

En comparación con las tradiciones orquestales occidentales, en que los juicios estéticos se hacen en función de cómo la obra artística afecta a las emociones del oyente, la música africana demanda una respuesta puramente física (danza, palmeos, canto…), no como respuesta al hecho musical sino como parte integrante del mismo.

En la música africana el contenido, la intención, el objeto de la música, dictan la forma que dicha música adopta al plasmarse, en coherencia con la circunstancia de que ese contenido es lo que impulsa el hecho musical. Es más, el caldo cultural en que se desarrolla aparece
implícitamente en todas las manifestaciones musicales africanas, y es importante ser consciente de ello a la hora de percibirlas, disfrutarlas y valorarlas.

En referencia a los instrumentos empleados en el continente africano, es interesante el siguiente texto del físico británico Mungo Park, que recorrió el África ecuatoriana durante la década de 1790 (ver Nota 3): “Los principales [instrumentos africanos] son el koonting, una especie de guitarra de tres cuerdas; el korro, gran arpa de diez y ocho cuerdas; el simbing, arpa de siete cuerdas; el balafón, instrumento formado por veinte piezas de madera de diferentes longitudes (…); el tangtang, tambor abierto por su parte inferior; y, finalmente, el tabala, un gran tambor habitualmente utilizado para dar la alerta a grandes distancias.
Aparte, utilizan también pequeñas flautas, cuerdas arqueadas, dientes de elefante y campanas; y en los conciertos y bailes las palmas parecen constituir una parte esencial de los coros”.

La voz era un elemento esencial de la música africana, y alcanzó un altísimo grado de sofisticación expresiva que incluía técnicas como el canto melismático (en que una sola sílaba de texto recorre una sucesión de notas musicales consecutivas, provocando un efecto a menudo hipnótico) y el yodel (el mantenimiento de una nota vocal larga mientras se salta bruscamente del registro normal al de falseto, provocando un efecto grave-agudo-grave-agudo muy característico), así como todo tipo de efectos vocales que incluyen gritos, chillidos, aullidos, gruñidos, falsetos… Un elemento habitual de la música africana eran los efectos de llamada-respuesta, en que una voz digamos “solista” era respondida, o
reforzada, por las intervenciones del resto de participantes, convirtiendo la música resultante en una actividad tan colectiva como los cantos en unísono; este particular elemento africano tuvo una influencia esencial en la música que los negros crearon más adelante en América.

Era constante el uso y combinación de diferentes texturas musicales tales como la homofonía (en que se diferencian claramente la melodía y el acompañamiento), la polifonía (varias melodías se interpretan simultáneamente, y tienen importancia similar), la heterofonía (una
misma melodía es interpretada, con variaciones, libremente de manera simultánea) y la antífonía (la ya mencionada llamada y respuesta).

De todos modos la característica más peculiar de la música del oeste africano era el ritmo: lejos de las relativas simplicidad y rigidez de los típicamente europeos, los ritmos africanos estaban a menudo conformados por varios distintos que se fundían en un complejo y
fascinante proceso rítmico, pleno de sutiles matices. A menudo el ritmo “central” permanecía fundamentalmente oculto tras un abigarrado sustrato percusivo, y se dejaba sentir de manera implícita sin ser realmente discernible. Constituían, pues, un alambicado castillo polirrítmico del que los oyentes-ejecutantes participaban activamente, bien añadiendo
nuevos niveles de polirrítmia, bien dejando ir al cuerpo sobre ellos mediante la danza (otro elemento esencial en todas las manifestaciones musicales africanas).

Hasta tal punto se encontraba desarrollado el elemento rítmico en África que la percusión servía para comunicarse con otras comunidades, mediante lo que los occidentales denominaron talkin’ drums (se trata de tambores dotados de un sistema de cuerdas laterales que, al ser tensadas por el intérprete, modifican la afinación de la membrana para lograr
importantes variaciones en el sonido resultante). No se trataba, como podríamos pensar en principio, de comunicaciones esquemáticas, de meros avisos o señales, sino de genuinas conversaciones. El temor a que este tipo de comunicación pudiese propiciar, y facilitar la organización de, revueltas al poner en contacto a los esclavos de las diferentes plantaciones esclavistas en América, sin posibilidad de control ni comprensión por parte de los blancos, llevó más adelante a la prohibición del uso de los tambores y percusiones en muchas áreas con esclavos de origen africano.

        El pulso americano

Pues bien, la esencia de todo ese sustrato musical logró sobrevivir en América a pesar de la sistemática deshumanización de que los esclavos fueron objeto, y de los buenos cuidados de los explotadores blancos para tratar de erradicar todo rastro de la cultura africana que sus víctimas pudieran conservar. La polirrítmia, la danza, las voces de llamada-respuesta y la componente fundamentalmente espiritual de la música persistieron allende el Atlántico; no obstante, aspectos menos genéricos como los instrumentos, los estilos musicales y las situaciones sociales en que la música era utilizada fueron reinventados por completo, o directamente sucumbieron al trauma de la esclavitud.

¿Y de qué instrumentos se sirvieron los primeros esclavos para expresarse musicalmente? A riesgo de simplificar excesivamente la cuestión, cabe afirmar que continuaron utilizando instrumentos fundamentalmente similares a los que habían utilizado en su continente de origen, como los tambores, bongos y tomtones, instrumentos constituidos por piezas de madera huecas y agujereadas al estilo de las actuales flautas, rudimientarios instrumentos de cuerdas… así, el banjo, un instrumento esencial en la música folk americana, fue llevado allí por los esclavos africanos. A menudo herramientas destinadas a otros usos fueron utilizadas para producir música, dada la escasez de medios de que contaban los esclavos en las plantaciones; un ejemplo de ellos es el uso de cucharas como elementos percusivos para golpear entre sí o contra el propio cuerpo. También los golpeteos en el cuerpo con las manos (llamado hambone o juba dance, ya empleado en África y que continuó utilizándose, como veremos, tras la abolición de la esclavitud, en espectáculos minstrel y otros) se utilizaron con frecuencia; el golpeteo alternativo de las manos sobre el pecho, los muslos, o entre í, propiciaban la creación de diferentes y francamente atractivos sonidos percusivos.

Con el transcurso del tiempo gran parte del sustrato africano se fue diluyendo, al tiempo que sucesivas generaciones de negros se iban adaptando a su nuevo entorno social y creando una cultura nueva, propia, mestiza. Curiosamente, aunque en muchos lugares ese mestizaje integró elementos africanos y europeos, pero también nativos de América, en las zonas que más influencia tuvieron en el futuro en el nacimiento y desarrollo del jazz (Cuba, Hispaniola, Jamaica) la componente nativa no se dio debido a la práctica desaparición de esas culturas autóctonas, que sucumbieron a la conquista de sus territorios y a enfermedades importadas de Europa y África.

Obviamente la temática y, dada su rotunda funcionalidad, la esencia de la música africana, fueron absolutamente modificados por el éxodo y la esclavitud: la traumática transformación de las condiciones en que se hacía música (por ejemplo no cabía ya la celebración de las labores del campo y la fertilidad de la tierra, dado que el trabajo había pasado a ser una labor alienante para beneficio de los secuestradores) por un lado, y la prohibición de casi todas las manifestaciones religiosas y rituales por otro, fueron determinantes en el devenir de la música de los esclavos, que tendieron a expresar cada vez más quejas, lamentos, rememoraciones (…) de la vida en África y resignados cantos de trabajo. De todos modos, el humor que siempre había caracterizado a la música, y a la cultura en general, africana, sobrevivió y sirvió como elemento atemperador de las durísimas condiciones de vida de los esclavos. Para impedir la comprensión y eventual prohibición de los secuestradores, a menudo ese buen humor quedaba oculto tras dobles sentidos incomprensibles para los blancos… el uso del doble sentido se generalizó extraordinariamente en el desarrollo de la música afroamericana, y permitió a los esclavos expresar con cierta libertad, eludiendo la
censura blanca, tanto sinceros lamentos como procaces chiflas y vanos anhelos de fuga y libertad.
 
/Nota 1: Extraido del texto Travels of Richard and John Lander into the Interior of Africa (1836), en que los autores relatan las experiencias del marinero Robert Adams en África, entre las que se cuenta, curiosamente, su experiencia como esclavo durante un tiempo.
Nota 2: Extraído del diario de Sir William Young, 1791, citado por Chris Jonson en su texto Drums Rising: The Drums as Myth and Symbol in African American Culture.
Nota 3: Extraido deTravels in the Interior of Africa (1799), del físico británico Mungo Park./

 
    La herencia africana: la religión de los negros en América

En este capítulo nos centraremos en el paulatino (y particular) proceso de cristianización de los esclavos africanos en los territorios que configurarán EEUU, y en la importante presencia de la música en su expresión religiosa.

Un predicador metodista negro sermonea a un nutrido grupo de feligreses ante la puerta de su casa. El autor de la ilustración, Pavel Petrovich Svinin en 1815, seguramente se sintió impresionado por el evento y reflejó un exagerado desmadre que no debe tomarse al pie de la letra.

Un predicador metodista negro sermonea a un nutrido grupo de feligreses ante la puerta de su casa. El autor de la ilustración, Pavel Petrovich Svinin en 1815, seguramente se sintió impresionado por el evento y reflejó un exagerado desmadre que no debe tomarse al pie de la letra.

Si bien en principio a nadie se le ocurrió tratar de cuidar las almas de los africanos (en coherencia con el hecho de que se trataba de seres sin alma), con el tiempo fue inevitable el inicio de un proceso evangelizador que había de beneficiar a todos: a los evangelizados puesto que les daba la posibilidad de alcanzar la salvación ultraterrena, a los evangelizadores dado que les proporcionaba un magnífico instrumento de control de las voluntades que redundó en la disminución de las rebeliones y motines.

El asunto tenía también un fuerte trasfondo psicológico para los explotadores de esclavos, pues su evangelización les proporcionó una coartada que justificaba esa explotación como medio para conseguir un beneficio superior: la conversión de millones de paganos al dios
cristiano y, por tanto, la salvación de las almas de esos paganos. Vamos, que al raptarles, llevarles a América a la fuerza y explotarles hasta reventar les estaban haciendo un favor. Y, claro, esa consideración típicamente cristiana de la vida y sus miserias como paso intermedio de camino a un Edén que borraría los sufrimientos del mundo impactó poderosamente a los esclavos africanos: de algún modo les hacía más llevadera la inhumana explotación de que eran objeto merced a la promesa de una vida de abundancia en el futuro, nada, en cuanto murieran.

En las culturas originarias de los esclavos americanos existía una miríada de dioses. La fuerza de los dioses que un reino concreto adoraba se transmitía al propio reino y sus habitantes, de manera que las luchas entre diferentes reinos se desarrollaban no solo a nivel humano sino, sobre todo, a nivel divino, de hecho el resultado de esa lucha divina influía decisivamente en las batallas terrenas. Los africanos sentían un gran respeto por los dioses de quienes les vencían. Por eso, y a pesar de la crudeza con que fueron tratados por los europeos al ser raptados como esclavos, los africanos no dejaban de admirar la fuerza del dios cristiano… aunque nada entendiesen de la cultura que lo adoraba. Por ello los esclavos fueron receptivos al hecho cristiano desde mucho antes de que comenzase, en el s. XVIII, el proceso evangelizador que antes comentaba.

Otro hecho que favoreció la cristianización de los esclavos negros fue la sistemática prohibición de los ritos, conjuros y prácticas religiosas africanas en las colonias… aunque esta prohibición difícilmente podía resultar efectiva, pues la religión no estaba confinada, para los
africanos, a una celebración periódica sino que formaba parte de cada acto cotidiano. Es decir, podía impedirse (o más bien dificultar, pues estas prácticas se siguieron llevando a cabo en secreto) la celebración de los ritos más solemnes, colectivos, pero no podía eliminarse el
sentir religioso de los esclavos.

Es curiosa la influencia de aspectos puramente psicológicos, que encontramos en multitud de ocasiones, cuando estudiamos la adaptación a su nuevo medio vital de los esclavos africanos: su cristianización, por ejemplo, resultó más fácil en zonas en que se profesaba la confesión católica (caso de las colonias caribeñas y sudamericanas) dado que la multitud de dioses africanos fueron asimilados con relativa facilidad a los santos católicos. En cambio las colonias de influencia anglosajona, fundamentalmente protestantes, les resultaron culturalmente más opacas debido a la ausencia de símbolos y santos con los que los esclavos
pudiesen identificar a sus propios dioses.

Se conoce como The Great Awakening (el Gran Despertar) al primer gran impulso evangelizador que atravesó las colonias de América del Norte, durante los años 1740-50. Para conectar con la psicología religiosa de los africanos fue preciso que surgieran religiosos negros (fundamentalmente baptistas) que en seguida incorporaron a los ritos cristianos una poderosa fisicidad. Con el tiempo (hacia 1.800), y como contestación a las iglesias blancas fuertemente racistas, nació la AME (African Methodist Episcopal), cuyas celebraciones religiosas contenían poderosos cantos, trances que recordaban a las posesiones de espíritus
de influencia africana, vibrantes pasajes de llamada-respuesta, etc… Toda esa vigorosa expresividad es un legado netamente africano que los negros adaptaron a sus nuevos ritos religiosos (o más bien al contrario pues, como afirma Ernest Borneman (ver Nota 1), “el movimiento misionero metodista comenzó dirigiéndose directamente a los esclavos, pero no
acabó convirtiendo a los africanos a los ritos cristianos, sino convirtiendo el metodismo en un rito africano”, y su significación real a menudo ha sido confundida con un superficial exhibicionismo. En realidad todos esos trances, todas esas catarsis colectivas, ponían a
los negros en contacto con lo trascendente mientras les permitían liberar unas emociones por lo demás brutalmente constreñidas.

Por supuesto, la música y la danza eran parte consustancial de todo ello, actuaban como “catalizadores” de todas esas emociones. La música creada por los esclavos negros, al igual que sucedía con la religión en general, contenía elementos de la de los blancos, la “copiaba” en su envoltorio externo (forma general, instrumentación), pero era en el fondo íntimamente africana (letras, ritmos, armonías).

Según Amiri Baraka (ver Nota 2), “la síncopa rítmica, la polifonía, el desplazamiento de los acentos, así como la alteración de las calidades del timbre y también los diversos efectos de vibrato de la música africana fueron utilizados por los negros a fin de transformar los
“himnos blancos” en “espirituales negros”. La escala pentatónica del himno blanco sufrió las mismas “aberraciones” que, según los antiguos musicólogos, caracterizaban a la música africana”.

En ese sentido resulta especialmente esclarecedor el ejemplo de la danza: se trata de un elemento proscrito en las celebraciones cristianas blancas, pero se introdujo imparable en las negras y constituye un elemento esencial de su liturgia. No obstante la danza hubo de sumarse clandestinamente a ella, pues la jerarquía religiosa tradicional no consentía su uso durante las celebraciones; por ello surgieron esos discretos desplazamientos conjuntos de los feligreses, arrastrando los pies, cogidos del brazo mientras iban incrementando poco a poco la carga emocional del rito al son de sus himnos y canciones.

He aquí una descripción extraída de un número de The Nation (ver Nota 3): “Tan pronto la ceremonia revestida de formalidades ha terminado, los bancos son apilados junto a la pared del fondo de la iglesia, y, entonces, viejos y jóvenes, hombres y mujeres, muchachos vistosamente ataviados,  trabajadores del campo grotescamente medio vestidos –las mujeres llevan por lo general faldas cortas, y coloridos pañuelos en la cabeza-, chicos con camisas hechas jirones y calzones de hombre, muchachas descalzas, todos se reúnen en medio de la iglesia y, cuando se inicia el espiritual, comienzan a caminar y a arrastrar los pies, uno tras otro, en círculo. Levantando apenas las plantas del suelo, avanzan merced a unas sacudidas y estremecimientos que agitan totalmente el cuerpo a los gritadores y que pronto provocan cataratas de sudor. Unas veces cantan en silencio, otras cantan la parte del coro del espiritual mientras arrastran los pies, y en ocasiones los danzantes entonan la letra del espiritual. (…) Tanto la canción como la danza son extremadamente enérgicas, y muy a menudo, cuando la sesión de gritos se prolonga hasta la media noche, el monótono sonido de los pies impide dormir a cuantos lo intentan a media milla a la redonda de la casa de oración”.

También los sermones religiosos quedaron fuertemente imbuidos de toda esa fisicidad espiritual: lejos de emular los rígidos, monótonos recitados occidentales, los ministros negros insuflaban un poderoso sentido dramático a sus discursos. Su ritmo y cadencia convertían sus intervenciones en verdaderas creaciones musicales, en cuyo seno latían tradiciones musicales africanas como la llamada-respuesta que tanta importancia tendría en la evolución musical futura de la música negra americana.

Las celebraciones religiosas pronto se convirtieron en actos de marcado carácter social, dado que durante su celebración los negros disfrutaban de los únicos momentos de relativa intimidad colectiva en su vida cotidiana: los blancos les dejaron cierta independencia en estas ocasiones. Con el tiempo las iglesias se convirtieron en el motor social de los negros, a través de la organización de meriendas, conciertos y barbacoas, pero también actuando como ente decisorio en asuntos de interés colectivo. Según Amiri Baraka (ver Nota 4), “durante la esclavitud, las iglesias negras carecían de competencia a la hora de disputarse las horas libres del negro. El esclavo, después de haber trabajado en los campos, no tenía ningún lugar al que ir, a fin de cultivar el trato social, como no fuera la casa de oración. (…) La
iglesia era, al principio, el único lugar en que los negros podían descargarse de aquellas emociones cuya manifestación la esclavitud procuraba coartar. Podemos decir, en sentido literal, que el negro acudía a la iglesia para ser libre”.

*Índice de notas*
Nota 1: Swing Music. An Encyclopaedia of Jazz (Ernest Borneman, 1940).
Nota 2: Blues People: Música Negra en la América Blanca (Amiri Baraka, 1963).
Nota 3: Periódico The Nation (30 de Mayo de 1867).
Nota 4: Blues People: Música Negra en la América Blanca (Amiri Baraka, 1963).

        La música de los esclavos: preámbulo

Durante la Revolución Americana muchos afroamericanos lucharon en el ejército rebelde y colaboraron activamente en la consecución de la independencia y nacimiento de Estados Unidos. Ello fue un factor decisivo para que el movimiento abolicionista cobrase impulso y, con el correr de los años, se terminase erradicando la esclavitud en algunos estados del norte; en cambio los estados del sur, centrados comercialmente en el mercado del algodón y muy dependientes de los esclavos para obtener unos beneficios óptimos, continuaron demandando esclavos a discreción… y, obviamente, no se plantearon abolir su inhumana explotación.

Paralelamente, el discurso en torno a la inferioridad moral de los negros se acrecentó aún más si cabe, espoleado en parte por la mencionada liberación de esclavos en el norte y el consiguiente incremento del número de negros libres: no ser esclavo no significaba
ser igual, al contrario, la legislación ahondó en la segregación racial y, en definitiva, continuó siendo profundamente racista.

        Minstrels

En ese contexto social proliferaron notablemente (sobre todo de 1830 en adelante) los minstrels, espectáculos en que un artista blanco se pintaba la cara de negro y parodiaba la música, el habla, la danza y las maneras de los negros menos cultivados, exagerando sus características más “exóticas” para la audiencia blanca. En principio estos espectáculos florecieron en los estados del norte, en que la esclavitud había sido abolida y existía una gran masa de blancos de extracción social baja (fundamentalmente de ascendencia irlandesa) que creía, pese a la poderosa segregación legal existente, amenazada su supervivencia por los negros libertos, y sentían además el deseo de poder estigmatizar,
despreciar y oprimir a una clase social inferior, igual que eran oprimidos ellos por los empresarios y otros blancos adinerados.

Curiosamente con el tiempo también hubo artistas negros que practicaron el minstrel, de hecho el más célebre lo era: William Henry Lane, que adoptó el pseudónimo artístico Master Juba, triunfó hacia 1840 y llegó a actuar en Inglaterra. Es interesante leer la fascinada descripción que de una actuación suya en 1842 hizo Charles Dickens: /“Aquel joven negro
es el mejor bailarín de que se tiene noticia. (…) Arrastrando los pies, chasqueando los dedos, poniendo los ojos en blanco, retorciendo las rodillas, situando la parte trasera de las piernas delante, girando velozmente sobre la punta de los dedos, bailando sobre dos piernas
izquierdas, dos piernas derechas, dos piernas de madera, dos piernas de alambre… termina brincando de manera gloriosa hacia el bar y pidiendo algo de beber”. (ver Nota 1)/

La cuestión es que los músicos negros eran, en general, infinitamente más hábiles y creativos que los músicos blancos a la hora de parodiar la visión atrofiada que de su existencia tenían los espectadores blancos. Se entregaron a estas representaciones más bien infames primero porque les ofrecían un modo relativamente fácil de ganarse la vida en caso de haber perdido la condición de esclavos; segundo porque supieron enriquecerlas de tal modo que, de manera más o menos soterrada, introdujeron un segundo nivel de parodia que atacaba esa visión miope, ignorante e interesada que los blancos tenían de ellos. La afición a los segundos sentidos que tan necesaria había sido a los esclavos para expresarse durante su vil encierro se prolongaba así, de nuevo, una vez superada esa etapa, ante las despistadas narices de los blancos.

Los minstrels ofrecían, pues, una especie de descafeinada y malintencionada parodia de la vida y comportamiento de los esclavos negros. Pero ¿cómo era la música que creaban los propios negros? Podemos dividir toda esa música, a grandes rasgos, en tres temáticas
estilísticas: las work-songs (canciones de trabajo), el resto de la música secular y la música religiosa. Veamos brevemente en qué consiste cada una de ellas.

        Work Songs

Las work-songs provenían de la tradición africana de cantar durante las monótonas labores del campo. La diferencia, psicológicamente abrumadora, era que en África el trabajador lo hacía habitualmente mientras laboraba en su propio beneficio mientras que en América esas labores tenían lugar bajo el yugo implacable de los blancos; de ahí que la letra de las
work-songs expresasen normalmente el dolor que suponía romperse diariamente el espinazo como herramienta en propiedad de un tercero. Como dijo Frederick Douglas, esclavo huido que llegó a ser un conocido líder abolicionista /“es un error suponer [a los esclavos] felices
porque cantan. Las canciones de los esclavos representan los sufrimientos, más que las alegrías, de sus corazones; y son aliviados por ellas solo en la medida en que a un corazón roto lo alivia el llanto”. (

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