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HISTORIA

Bewitched. Buscando a Maggie Prior

Por: Rosa Marquetti
Fecha: 2016.05.31

La noche llega rotunda a la esquina de las calles 23 y L, en El Vedado, ese día de un año impreciso de la década de los setenta.  Por alguna razón intrascendente, aún estoy esperando a alguien  en el lobby del hotel Habana Libre.  Mientras tanto, contemplo el ir y venir de esa peculiar pasarela  que era entonces aquel amplio vestíbulo.  Entra ella
y supe de inmediato que era diferente:  su estatura y elegancia, la hacían notable; dueña de un peculiar refinamiento, se desplazaba rítmicamente, erguida y cimbreante  en dirección al bar El Patio,  como si su forma de andar fuera también una manifestación de esa música que
la obsesionaba.  Allí, en aquel/lobby bar/, donde solía descargar por entonces,  comenzaron a esparcirse inmisericordes, más allá de ese espacio, lo mismo un blues, un tema de la Fitzgerald, un bolero de Portillo de la Luz, o una canción de Edith Piaff. Así recuerdo mi primer
encuentro con Maggie Prior.   Pero tras poco más de cuatro decenios, su imagen y su voz van desdibujándose empecinadamente, sin el asidero de un registro sonoro o una imagen, y sólo aquellos que ya casi llegan a las seis o siete décadas pueden hablar del modo de cantar que la hizo singular y de los demonios que la atormentaron y terminaron venciendo su proverbial tenacidad:  la necesidad de expansión de sus cualidades interpretativas tantas veces escamoteada;  los extremos antagónicos en que se dividieron siempre las loas y los ataques al ponderarla;  la pertenencia inconsciente a una época que no la comprendió, ni podía hacerlo; la incapacidad para asimilar la pendiente en descenso,  el paso de los años;  el engaño; el trágico final…

Pero esto casi nadie lo sabe.  Ni Margarita Prior Kindelán, ni Maggie Prior han existido hasta ahora en los diccionarios y textos analíticos y enciclopédicos sobre música cubana. Tampoco ningún cronista se ha ocupado de ella, salvo las atinadas excepciones de algunos textos
referidos al jazz que la mencionan y contextualizan: los escritos por el ensayista y /jazzman/ Leonardo Acosta; el saxofonista y escritor Paquito D’Rivera,  y la investigadora colombiana Adriana Orejuela, quienes la sitúan puntualmente en el contexto del jazz.[1] Nadie puede confirmar las fechas de su nacimiento y muerte. No abundan fotos suyas y las cintas con su voz, transidas de tanto olvido, decidieron desaparecer.  Sin embargo, su nombre está irremediablemente ligado a la historia de ese género en Cuba y también de otros no menos
importantes.  Leonardo Acosta afirma que fue/“(…) Maggie Prior, la única cantante además de Delia Bravo que se mantuvo durante más de treinta años dedicada al jazz”/*.*[2]
el intento de deconstruír su huella en la vida músical de la última mitad del siglo XX cubano, el punto de partida, es sin duda, el jazz, en definitiva, principio y pretexto en su largo y azaroso camino de hallazgos  y desalientos. Es el jazz su seña identitaria.

Pero también las muchas Maggies que habitaron en ella son recordadas, para bien o para mal, devolviéndonosla como alguien con un perenne espíritu de búsqueda, apreciada por adeptos y denostada por detractores; alguien que, al decir de Gilberto Valdés Zequeira[3]
era portadora de una contagiosa y burbujeante alegría y una fuerte personalidad, alguien que, en modo alguno, podía pasar inadvertida y mucho menos, obviada. Decido comenzar un verdadero peregrinaje, casi arqueológico,  tras sus huellas, empecinada en encontrar entre los que la conocieron y aún pueden contarlo con coherencia, su imagen, su temperamento, su obstinación por cantar, siempre cantar; apresar la rebeldía de su espíritu y la ternura que intuyo en su gesto, y sobre todo, constatar las claves conflictuales que marcaron, en ciertas
etapas,  su cuestionable capacidad de inserción y aceptación  de una realidad político-social con la que tuvo que interactuar, irremediablemente. 

/*SOFISTICATED LADY*/

Alguien que la conoció en sus primeros años habaneros afirma –sin que hayamos podido comprobarlo-  que Maggie tuvo ancestros paternos en la caribeña isla de Barbados[4]
pero ella rechazaba referirse a ese vínculo filial y ocultaba tras el silencio el trauma perceptible asociado a la figura del padre.  Habría nacido en Santiago de Cuba, un acuariano 25 de enero de 1942[5] desde donde viajó muy temprano a La Habana.  A finales de la década de los 50, ya Maggie formaba parte de ese grupo de jóvenes que peregrinaban hasta las zonas más increíbles de la ciudad, para escuchar un nuevo disco, leer la última revista sobre música norteamericana o bailar y cantar hasta la extenuación, siempre jazz, todo el tiempo blues, jazz, mezclado también con un estilo composicional e interpretativo que ya se iba identificando como /feeling/.  

En Prado y Neptuno, en el espacio que antes acogiera a una afamada “academia de baile”; en el Bodegón de Goyo, el Bodegón de Celso, también en las descargas dominicales de Tropicana y  cuanto sitio fuera propicio para escuchar y bailar, incluso algunas casas en las que sus dueños se transmutaban en diligentes anfitriones, que propiciaban el acceso a las
últimas grabaciones llegadas del Norte, y el disfrute de voces y guitarras, a veces piano, y donde convergían los adeptos del /feeling/ y los cultores del jazz, que podían ser los mismos o diferentes. Pablo Marquetti la conoció en el Bodegón de Celso, una bodega de barrio
situada en Gervasio y San José, en la zona del actual Centro Habana; la aparición de Maggie en el singular establecimiento era rutinaria, pero esperada por algunos asiduos, prestos a escuchar a /“la princesa”/ que, al parecer, aún no rebasaba las dos décadas.  Tras revisar los últimos discos que Goyo había hecho traer desde Nueva York o Miami, Maggie comenzaba su espontáneo /performance/. Eran tiempos en que aprendía,  escuchaba, desplegaba cada vez con más insistencia sus deseos de cantar.  Así la recuerda Gilberto Valdés Zequeira, quien, la conoció  entre 1957-1958, en el barrio de Buenavista, poco tiempo después que la Prior abandonara su ciudad natal y se instalara en La Habana.  Maggie intentaba febrilmente crear su primera formación musical, con la que se empeñaba en apresar la voz y el temperamento de Ella Fitzgerald, de Sara Vaugham, –sus grandes referentes-, para proyectarlos como lo que ella pretendía ser en ese momento:  la voz líder de un cuarteto en ciernes que no lograba despegar.  Desde entonces. Maggie se aferró al jazz y lo hizo parte y pasión de su vida. 

A sugerencia del guitarrista y bajista Alberto Menéndez –vinculado al movimiento del /feeling/– Gilberto refiere haberle montado las primeras voces para aquel endeble cuarteto, cuyo nombre se perdió en el olvido. Con Valdés emprendería, muy a inicios de la década de los sesenta, su primera aventura musical de cierta envergadura: ocurrió que Alberto Menéndez y su esposa Mercy Hernández, -conocida cantante en el ambiente del /feeling/– integraban entonces el grupo instrumental /Los Modernistas/[6 de Gilberto Valdés, pero llegado un momento, deciden abandonarlo.  Será Maggie quien sustituya a Mercy Hernández, en lo que sería  su debut dentro de una formación musical. Con el cuarteto /Los Modernistas/ de Gilberto Valdés  y en el Casino del Hotel Deauville, en Galiano entre San Lázaro y Malecón,  se inició el camino de Maggie sobre los escenarios. José Eugenio Yllareta, uno de sus integrantes rememora esos inicios:  /“Tuve la oportunidad de comprobar, sin siquiera pensar que lo estaba haciendo, las facultades vocales de Maggie.  Estando Gilberto Valdés y yo a la caza de algún trabajo, nos acercamos al administrador del Deauville y le planteamos que teníamos un grupo que sería la propuesta ideal para “amenizar” en el entonces existente Casino de Deauville.  Nos aceptaron y nos plantearon que debíamos estar a las 2pm en el Casino.  Eran las 10 am y nosotros no teníamos grupo alguno…A correr, con algunas monedas rumbo al teléfono más cercano!!! …..Y armamos el grupo con  los que habían aceptado:  Columbié, Juan Bringues Ochoa, Gilberto Valdés, José Eugenio Yllareta y Maggie Prior. Ella fue la última en entrar, pero pudo demostrar de manera fehaciente sus
cualidades, ya que, prácticamente sin ensayo, logró interpretar un repertorio de standards en un momento en el que de esa actuación dependía el contrato, y ella lo hizo. Fue una prueba de su alto nivel de profesionalismo”./[7] Entre los temas interpretados por Maggie con Los Modernistas de Gilberto Valdés,  se recuerdan  /Tenderly, My Funny Valentine, That all black magic, Sofisticated Lady, Summer Time, Autumn Leaves…/y otros que ella dominaba a la perfección tanto desde el punto de vista musical, comoidiomático.[8]

En ese tiempo, una versátil Maggie Pior frecuentaría también las descargas y conciertos organizados por el recién fundado Club Cubano de Jazz.[9] Otros cantantes que actuaban en sus conciertos y /jamm sessions/,   además de Maggie, fueron el veterano de mil batallas filineras y jazzísticas y  Dandy Crawford; también la cantante de jazz y feeling Doris de la Torre, entonces con el grupo de Felipe Dulzaides.

Una de las características más sobresalientes de Maggie era su capacidad para intuír dónde se estaba gestando una idea interesante, avanzada, y su ductilidad para insertarse en el grupo que la sostenía.  A  inicios de los sesenta se siente atraída musicalmente por lo que hoy se reconoce como “/la segunda generación de feeling/” –Marta Valdés, Frank Domínguez, Ela O’Farrill, Giraldo Piloto Bea y Alberto Vera –el memorable dúo autoral Piloto y Vera-, y otros… Se acerca a ese grupo de compositores y cantantes, y se le recuerda con aportes interesantes en sus descargas  y presentaciones en /night clubs/ como el /Sky Club/ del /Hotel St. John/, el/Scherezada/ o el /Club 21/, todos en el entorno de la entonces mágica Rampa, en El Vedado.

En 1960, la vieja casona de la calle O entre 17 y 19, en el Vedado habanero recibe a Felito Ayón y algunos amigos, cuya iniciativa la convierte en un espacio signado por el buen gusto en su decoración y en su ambiente.  “/El Gato Tuerto/” comenzó a ser sitio obligado de
artistas, estudiantes, escritores, músicos, intelectuales…. El dúo de Marta y Daisy “/Las Capellas/” cantan en su inauguración, pero estrenando las noches de cada día se podía escuchar a  cantantes y músicos de filiación filinera, como Elena Burke, Frank Domínguez, Miguel D’Gonzalo, Doris de la Torre, el Cuarteto de Meme Solís y otros que llegado el momento, descargaban también.[10] Maggie Prior comenzaría a ser presencia y voz frecuentes en “/El Gato…”, /al igual que en otros espacios donde convergía lo que Adriana Orejuela denominó “/esa bohemia alternativa/”, variopinta y diversa, que seguía el “/feeling/”. Su personalidad, extrovertida y dramática, si no se imponía, al menos llamaba la atención  en los círculos que solía frecuentar; se relacionaba también  con figuras del mundo intelectual:
pintores, actores, dramaturgos… Martínez Pedro, Felito Ayón, Virgilio Piñera, Carlos Piñeiro… 

Maggie continuaba manejando un repertorio de standarts y canciones norteamericanas más o menos conocidas:  /The Man I love, Hojas Muertas, September Song…; /se proyectaba con elegancia; demostraba intensos deseos de superación y a pesar de ser autodidacta, no despreció posibilidades para cultivarse. Si algo no soportaba era la vulgaridad, al decir de su gran amiga de esos años, la socióloga  Aries Morales.  Había en ella un refinamiento adquirido, pero expresado de modo natural y orgánico.[11]Su ansia de parecer y estar enterada, y en posesión de lo más reciente en cuanto a información cultural y esencialmente musical, la hacían explorar otros caminos  y permearse de todo aquello que consideraba de
vanguardia.  Comenzó a admirar a Edith Piaff e hizo suyas muchas de sus canciones inmortales.  Descubre a Miriam Acevedo, un portento que ya entonces se revelaba, desde su soberbio desempeño como actriz, con un modo muy personal de cantar o de decir y un repertorio de canciones y textos que la singularizaba.

En la primera mitad de los 60 conoce y se involucra con el escritor e intelectual José Hernández Artigas, conocido entre sus amigos y compañeros como /Pepe el Loco/ y quien en esos años, además de poeta y narrador,  era jefe de despacho de Antonio Ortega, director de la importante revista “/Carteles/”; también amigo del escritor Oscar Hurtado y del ya descollante crítico de cine Guillermo Cabrera Infante. Hernández Artigas se vinculaba a los jóvenes intelectuales que escribían en el semanario “/Lunes/” del periódico “/Revolución/”, quienes le reconocían como un escritor de prometedor talento con aportes interesantes y próximos a un género con escasos exponentes entonces y dentro lo que hoy llamaríamos /ciencia ficción/.  Maggie frecuentaba con Pepe estos círculos, y sus integrantes también acudían con frecuencia a escucharla. La Prior y Hernández Artigas vivieron juntos en el mismo
departamento de la calle San Lázaro entre Oquendo y Soledad, que continuó siendo el hogar de la cantante tras poner punto final a su relación amorosa, la cual ya se tornaba problemática, a juzgar por ciertas características de la personalidad del poeta y periodista.  Sin embargo, al menos dos hechos pueden considerarse como saldo a favor de Maggie en esta relación:  la influencia que ejerció sobre ella el propio Hernández Artigas y el entorno intelectual en el que se movía, acercándola y ganándole la simpatía y aceptación de muchos de los que lo integraban; y el nacimiento de su hijo Flavio.  El apartamento de San Lázaro acogió sus  momentos de mayor esplendor; con una excelente ubicación, allí  la recuerda el mimo y actor Ramón Díaz,  en un barrio con fuerte presencia de músicos y artistas:   Aida Diestro, la directora del famoso Cuarteto; Omara Portuondo, Antonio Arcaño, Olga Flora y
Ramón, Néstor Milí, el creador de Los Zafiros… actrices, actores, modelos, bailarines, y en las proximidades de  la  céntrica Rampa, que comenzaba a ser el epicentro de la noche capitalina de los 60.

En 1961, las descargas de jazz de Tropicana  se trasladan  al /Habana 1900/, en las calles O y 25, concentrándose en la zona de El Vedado la mayoría de los sitios donde se podía disfrutar de este género.[12] Maggie, lo frecuenta a la vez que   continúa presentándose en enero y febrero de este año en “El Gato Tuerto” junto a Marta y Daisy (Las Capellas) y Luis García.[13] /Otras /jams/ continuaban proliferando por la ciudad.   Regenteando el
INIT[14] de manera centralizada los cabarets y clubs habaneros, se decide promoverlas los días de descanso de los  shows  en los diferentes centros nocturnos.  De este modo, durante el mes de marzo a Maggie podía vérsele en la llamada “/Descarga del Capri”,/ junto a Bobby Jiménez, Víctor Franco, René Ferrer y Ela Calvo, Leonel Bravet y el Grupo de Frank Emilio, entre otros.  A juzgar por estos nombres, no era sólo jazz, sino tambien /feeling/ lo que podía disfrutarse en ellas.[15]

De abril a junio de 1962, Maggie se presentaba en el “/Descarga Club/”, compartiendo escenario con Armandito Sequeira y su grupo,  y Leonel Bravet.[16] Debió ser ya muy interesante su trabajo en esos días, para que Orlando Quiroga, en su sección “/De viernes a viernes/” en la revista Bohemia, comentara: “…/somos muchos los que deseamos ver en 17 pulgadas a Maggie Prior cantando *Hojas Muertas*/…”[17] A sus referentes afroamericanas, había sumado también a Edith Piaff y se inclinaba ya por una entrega honesta y desprejuiciada, con una clara proyección performática.

Maggie vuelve al Capri en octubre este 1962, esta vez para asumir uno de los roles principales del famoso show “/La Caperucita se divierte/”, con dirección de Joaquín Riviera y coreografía de Tomás Morales, y  un elenco que integraban también Juana Bacallao, Dandy Crawford, el Cuarteto de Meme Solís, entre otros.[18]En su sección “De viernes a viernes”, en la Revista Bohemia, el crítico Orlando Quiroga reseñaba sus impresiones: /“…lo mejor es la música… la gente del feeling:  Moraima –su “Alivio” es antológico- Los Meme, Maggie
Prior, Dandy Crawford y la gran dama de todo esto:  Juana Bacallao.  En este show Joaquín Riviera y Tomás Morales han logrado la mejor producción de cabaret presentada al público cubano durante todo el año”/[19] El éxito fue rotundo, al punto que provocó que este show se mantuviera en cartelera durante diez meses.  Maggie interpretaba, como siempre, canciones norteamericanas en inglés, integradas a la historia que, en el cabaret, recreaba el famoso cuento de Perrault.[20] Al finalizar 1962, el diario “/Revolución/” seleccionó los artistas más destacados por su quehacer durante el año.  En la categoría de “cantante
de jazz” fueron elegidos Leonel Bravet y Maggie Prior.  Aparecía también Maggie dentro de la selección del mejor show de cabaret, al premiarse a “/La Caperucita se divierte”./

A unos pocas decenas de metros del Capri se encontraba el club “/La Gruta/”, en el sótano del cine La Rampa en la calle 23 entre O y P/, / una verdadera cueva que acogía a uno de los fenómenos más interesantes del jazz en Cuba por entonces, al decir de Leonardo Acosta:  las descargas del grupo /Free American Jazz/, formado por los músicos norteamericanos Mario Lagarde y Erick de la Torriente, que habían recalado en Cuba.  “La Gruta” se convertiría en uno de los refugios nocturnos de Maggie desde 1962, cuando toma parte en las descargas del grupo, junto a Esther Montalván y más tarde con Elsa Balmaseda y César
Portillo de la Luz.[21]

Cuenta el guitarrista Rey Montesinos que fue allí donde la vio por primera vez. En 1963, Montesinos tocaba ocasionalmente con el Free American /Jazz “… y una noche se apareció y descargó con nosotros.  Era la primera vez que yo veía ante mí  lo que había escuchado en
grabaciones: a una cantante hacer scat… y era una cantante cubana!!  Ella era seguidora de Sarah Vaugham y Ella Fitzgerald; se notaba que conocía parte de los repertorios de estas dos cantantes jazzistas que eran las mejores del mundo en ese estilo.  Eso se repitió  muchas veces, pues Maggie frecuentaba los lugares donde se hacía el jazz.  Descargó
también en las jam sessions que se hacían en un local del ICAIC, en la esquina que forman las calles 23 y 10, donde asistíamos todos los músicos de jazz de la época.  Eso hizo que nuestras relaciones se hicieran más sólidas.  Un día me preguntó si estaba dispuesto a
acompañarla como guitarrista en un concierto en la sala teatro El Sótano y por supuesto, le dije que sí, y eso se hizo reiterativo en diferentes teatros y sitios culturales, como la sala teatro de la Casa de las Américas, por mencionar sólo uno.  Para mí fue muy importante
acompañarla, pues así yo me obligaba a superar tanto mi técnica como un estilo de acompañamiento.  Su repertorio iba desde lo más movido hasta el slow, basado principalmente en los standards del jazz y algunos temas del feeling.  Creo que fue una buena cantante… siempre la recuerdo como una jazzwoman.”/[22]

Con el Maestro Montesinos, coincide la poetisa y ensayista Nancy Morejón, amiga entrañable de la Prior, a quien, reconoce, le unía una hermandad muy especial/:  “Ambas adorábamos el jazz y el cancionero norteamericano. Cuando la conocí ya Maggie manejaba a la perfección un
repertorio de standarts del jazz y canciones norteamericanas, principalmente de figuras negras:  “Someone to watch over me”, el irrenunciable “My funny Valentine.” A veces le ayudaba con las letras.” /Y afirma algo sumamente curioso/:   “Estas canciones formaban  parte, de un modo muy  natural y orgánico,   del ambiente sonoro de algunos barrios de La Habana, principalmente la zona del hoy Centro Habana, hecho que  aporta una característica muy especial al modo de acercarse a esa música y asumirla, y que se remonta a una época donde todo esto –cantar en inglés- era algo totalmente natural e incorporado en el modo
de vida y comportamiento de los jóvenes.”/[23]

/*STORMY WEATHER*/

Ya en 1962 se dejaban sentir las escaramuzas en contra de la presencia del jazz como género en la radio y la televisión, así como en espacios nocturnos, a juzgar por lo que, en su sección “De viernes a viernes” de la revista bohemia, publicaba Orlando Quiroga el 14 de diciembre:

/“(…)el redactor quisiera conocer a los extremistas por cuya culpa el jazz, música de nuestro siglo, ha desaparecido de los programas de televisión. (…)los que amamos el jazz, que es una manifestación anti-imperialista desde el momento que proviene de los ritmos negros del
Sur y representa, como los lamentos negros cubanos, una protesta contra la discriminación racial (…) no podemos escucharlo.” /Algunas voces empoderadas incriminaban a quienes cantaban en inglés o asumían cualquier actitud no convencional, que podía ser tildada de
“/extranjerizante”./ Pero otras voces, simplemente desde la música, resistían el embate, arropadas por el brillo de la noche habanera.

La Prior comienza a explorar otras posibilidades de expresión.   En uno de sus primeros acercamientos al teatro, de que se tienen noticias, resulta memorable su versión de la canción tema de “/Yago tiene feeling”/, pieza teatral del malogrado dramaturgo, músico y actor Tomás González Pérez y que fuera estrenada por Pablo Milanés especialmente para la puesta en escena en 1962.[24] Este tema, con letra del propio González y música de César Portillo de la Luz, fue retomado por la Prior, haciendo una interesante recreación, según recuerda Zenaida González.  En abril de 1963 está en las descargas del Capri, con un repertorio que también la identifica con el /feeling/.  Esto, a juzgar por varios de mis entrevistados, era lo natural, pues entre músicos y adeptos no era muy posible establecer
diferencias rampantes entre/jazz/ y /feeling/.  En esa misma sección, Orlando Quiroga recomendaba/:  “Si quiere encontrarse, en La Habana p.m. con algunos ejemplares de cabeza del movimiento triunfante en el público y en el fórum de la UNEAC, busque a Elena y a Colacho en el “Scheherazada”; baje hasta el Capri y busque a Los Meme, con Moraima,  y
a Maggie Prior/.” [25] Además del Capri, en 1963 Maggie figuró entre los músicos habituales que se presentaban en el /Descarga Club/, en Neptuno entre Hospital y Aramburu, en el barrio de Cayo Hueso, sitio que se convirtiera durante tres años en la meca de los amantes del jazz en La Habana, sustituyendo al /Havana /1900 y por donde pasaron músicos como Armandito Sequeira, Carlos Emilio Morales, Jorge Varona, Rembert Egües, Ahmed Barroso, y
muchos otros.[26]

También en 1963, justo en mayo,  tiene lugar, al decir de Leonardo Acosta,  el mayor suceso jazzístico después de la desaparición del Club Cubano de Jazz:  el Festival de Jazz del  teatro Payret, primero en su género, organizado a iniciativa de Miguel de la Uz, quien fuera
integrante del cuarteto vocal Los Modernistas.[27] Por el escenario del teatro del habanero Paseo del Prado desfilaron agrupaciones que serían las más destacadas de esa década:  el Quinteto Instrumental de Música Moderna, el Free American Jazz, un quinteto dirigido por Leonardo Acosta, los cuartetos vocales Los Modernistas y del Rey; Omara Portuondo y otros músicos, y por supuesto, Maggie Prior, quien acompañada por la banda de Leonardo Timor, interpretó  /My Funny Valentine/ y /Embraceable you/.[28] Con la orquesta de Timor, Maggie se presentaría en otros espectáculos y lugares, a partir de su inserción ocasional en el formato de /jazz band/.  La revista “/Cuba/” publicaba en su edición de junio un amplio
artículo firmado por Jorge Timossi, dedicado a este evento, pero lamentablemente, la presencia femenina fue ignorada por completo.[29] En marzo de 1964, volvía Maggie al Salón Capri, esta vez en las /Descargas de Lunes/, compartiendo escenario con Los Armónicos de Felipe Dulzaides, Ela Calvo y Free American Jazz, entre otros.  También descargaba, en algunos de los calurosos días de junio, en el club Atelier, de 17 y 4 en El Vedado, hoy curiosamente renombrado como /Submarino Amarillo/– junto a Free American Jazz , y muy de moda entonces, cuando los noctámbulos estaban de vuelta de todo y  la noche se resistía a la llegada del amanecer.

Bobby Carcassés la recuerda por esos años,  en que  la conoció, justo cuando el polifacético /showman/abandona el Teatro Musical, que dirigía   Alfonso Arau, y comenzaba a trabajar en cabarets en la capital y ciudades del interior.  Según Carcassés, el cabaret y el night club
eran, de momento,  el medio que la Prior tenía a su alcance, pero esto no la hacía totalmente feliz; prefería otros escenarios, siempre estaba a la espera de oportunidades de mayor impacto cultural, por lo que luchaba denodadamente.  En su opinión es a mediados de los 60 que se evidencia en Maggie la influencia del llamado “/happening/”, que ella decodifica de modo consciente y con un sello personal.  En la pista, su proyección escénica se refuerza, con un desbordado dramatismo; interactúa con músicos y público, desde la esencia misma de lo que cantaba, e  implica a  quienes presencia su actuación, de acuerdo al modo con que asumían su entrega.[30]

Su información musical crecía, al tiempo que asimilaba la influencia de su entorno inmediato, y de las relaciones adquiridas en aquellos convulsos años de los sesenta.  Maggie, al igual que muchos,  leía lo mismo a Calvert Casey que a Cortázar, a Carpentier que a Franz Fanon, en
aquella Habana en que lo normal era  intentar cultivarse y estar al día en el conocimiento.  Esto le permitiría trascender los límites de la réplica del cancionero jazzístico norteamericano y asumirlo con un sentido creativo y renovado.  Era común que ciertas salas de teatro
acogieran también recitales y conciertos.  Nancy Morejón recuerda uno muy especial, en la desaparecida sala /Arlequín/, donde Maggie, en esta línea, mezcló canciones, poemas y textos dramáticos. Declamó un poema de Morejón:  “/Putain cou coupe”/  consiguiendo un clímax de tal magnitud que motivó los gritos elogiosos y los aplausos de Virgilio Piñera,
admirador declarado de Maggie, quien formaba parte del público. Las canciones ese día abordaban un amplio espectro, desde el blues a la canción internacional pasando por el feeling, desde la Fitzgerald y la Vaugham, hasta Edith Piaff y Judy Garland.  Según Nancy Morejón, “…/era Maggie en ese momento una especie de chanssonier femenina, lo que
marcaba la diferencia respecto a los cantantes masculinos de jazz, como Leonel Bravet, Reinaldo Henríquez, Ezequiel Cárdenas –llamado el Nat King Cole cubano-, que hacían mayoritariamente éxitos  del cancionero americano/.[31]

Maggie Prior, como casi todos, vivía a plenitud aquel  esperanzador presente que se gestaba en los años 60.  Eran años de fervor patriótico y revolucionario,  de profundos cambios en las estructuras sociales; habíamos alimentado la certeza de que estábamos construyendo el futuro mejor que deseábamos. Y dicen que Maggie apostó sinceramente por estos cambios y por ese futuro promisorio.  Corrían tiempos de  reafirmación racial y de validación de lo afrocubano en nuestra cultura; también de expresión de apoyo a las aspiraciones que en otros países movilizaban a amplios sectores de la juventud y la intelectualidad.   Eran también los años de lucha en todo el mundo contra la guerra en Vietnam.  Nos
hacíamos eco de las batallas de los afroamericanos contra la segregación racial, por los derechos civiles.  Algunos de estos luchadores, comenzaron a hacerse presentes en La Habana.  Uno de los primeros, Robert Williams, además de contribuir a la toma de conciencia sobre las luchas por las reivindicaciones raciales en USA, también ayudó en la
organización de aquel primer festival de jazz en mayo del 63, inaugurándolo él mismo con una alocución que invitaba a la reflexión sobre la verdadera naturaleza del jazz, su universalidad y vinculaciónintrínseca con las luchas de los negros norteamericanos.[32]  El discurso de Williams encajaba oportunamente en la línea  quepretendía detener  los ataques que ya sufría el jazz, sus cultores y la música anglosajona, que comenzaban a ser etiquetados como nocivos a la idílica pureza propuesta como ideal de alcance inmediato.

/*TENDERLY*/

Durante la primera mitad de los sesenta, Maggie, relacionada como estaba con muchos intelectuales cubanos, conoce al escritor argentino Julio Cortázar, quien por aquellos años descubriría una Habana seductora, que reconocería su  ideario en los proyectos de cambios sociales que se producían en la isla y que lo convertiría en un apasionado defensor y
recurrente visitante.  Su entorno inmediato sería   el más  próximo a Casa de las Américas, al ser  invitado en 1963 y 1967 como jurado del Premio Casa y tras largas sesiones diarias de lecturas, El Gato Tuerto le abriría cada día sus brazos y sus puertas,  como un paliativo  dulce
para inaugurar la noche.   El jazz sería uno de esos vasos comunicantes que propiciaron entre Maggie Prior y Julio Cortázar una especial empatía, que devendría fuerte y significativa relación. Glosando una anécdota de aquellos encuentros, que demuestra el papel de la música en este vínculo, cuenta Leonardo Acosta:  “/En el consultorio y clínica del doctor Caíñas había un local con piano en el que además, ensayaron agrupaciones como el Tres más Uno y la Orquesta Los Van Van de Juan Formell.  Ahí organizamos la cantante Maggie Prior y yo una descarga para el escritor argentino Julio Cortázar, gran fanático del jazz y
trompetista aficionado, quien unos años más tarde y en otra visita pudo conocer y escuchar a nuestros dos trompetistas del momento:  Arturo Sandoval y Jorge Varona/.”[33]

Algunos aseguran que Cortázar hizo mucho para que Maggie lo siguiera a París, pero no fue suficiente para reventar todos los cerrojos que abrirían a la cantante las puertas hacia Europa.  Otros lo desmienten y afirman que Maggie, a pesar de la situación de decadencia existencial por la que ya empezaba a transitar,  nunca quiso aceptar la invitación de Cortázar a seguirlo a París, incapaz de soportar como emigrada la tierra prometida,  de renunciar a lo que le era raigal, y decidió permanecer en La Habana, contra todos los vientos y todas las mareas que la azotaron.

Proyectaba seguridad y firmeza, pero al parecer, no tuvo fuerza suficiente para enfrentar los escollos que sobrevendrían a raíz de su vínculo con el escritor argentino, en una época donde una relación íntima entre algunos cubanos y ciertos foráneos, era no sólo mal vista,
sino también arriesgada por los problemas sucesivos que entrañaba.

/*BUT NOT FOR ME*/

A partir de la segunda mitad de los 60,  cobra auge el movimiento de la Canción Protesta en muchos países, y Cuba no fue la excepción. Tres trovadores muy jóvenes están haciendo en Cuba una canción diferente, portentosa,  y ya iniciado 1967  otros músicos e intérpretes comienzan a seguirles.    En su edición de febrero de ese año, la revista Cuba publicaba el artículo “/Música joven/”, firmado por Félix Guerra, Víctor Casaus, Antonio Conte y Pedraza Ginori, en el que llamaban la atención sobre  lo que venía ocurriendo, principalmente, con un grupo de trovadores y otros músicos que ya lo seguían:  /“…La temática de sus canciones no desprecia, por supuesto, el amor, pero se amplía hacia nuevas facetas del asunto, hacia nuevos asuntos, irrumpiendo en lo cotidiano de las cosas.  Es un grupo y un movimiento en desarrollo que se engrosa constantemente con nuevas creaciones y nuevos valores.  Al
grupo inicial de Silvio Rodríguez, Pablo Milanés y Noel Nicola, se suma ahora un nuevo trovador:  Eduardo Ramos; un guitarrista y musicólogo: Sergio Vitier, y varias intérpretes:  Omara Portuondo, Maggie Prior y Marina Pérez.  Es un movimiento que por otro lado se enlaza y comienza a confundirse con el de los jóvenes poetas, mientras entre los trovadores
algunos comienzan a escribir el poema, entre los poetas algunos esgrimen la guitarra y ponen música a sus letras/.”[34]

En efecto, desde los primeros meses de 1967 en Casa de las Américas se suceden una serie de conciertos que unieron a un grupo de músicos, unos ya adentrados en el gusto popular, otros menos conocidos, o de incipiente, aunque prometedor desempeño, pero interesados todos en ese tipo de canción de contenido social, que ya venían haciendo y que cantaba contra la guerra en Vietnam y en favor de las luchas sociales y las libertades en todo el mundo.  Allí estuvieron los que comenzaban  ya a ser íconos del aún inexistente Movimiento de la Nueva Trova –Silvio, Pablo, Noel-, junto a Eduardo Ramos, Martín Rojas, Belinda Romeu, Los Dimos, Olga Flora, Ramón Díaz y otros.   Maggie Prior también participó en todos los  conciertos. En una entrevista reciente, Omara Portuondo contó que fue Maggie Prior quien la invitó a participar en estos conciertos.  Aceptó hacer la segunda parte del que compartiría con Maggie y fue allí donde cantó /“La era está pariendo un corazón”/, de Silvio Rodríguez.   En esos encuentros -me revela Marta Valdés-  estrenó “/Hagamos la canción/”, tema de su autoría e inspirado en una impactante foto de los sucesos bélicos en Vietnam.  Marta recuerda lo singular de la entrega de Maggie, en un arreglo que exigía de la guitarra
acompañante una función percusiva de raro protagonismo. Ella misma la acompañó en la interpretación de este tema, que estrenara en Casa de las Américas.  Al decir de Marta,  Maggie Prior se destacó por hacer con su música y su voz, en esa época, lo que nadie hacía.[35]

En esos conciertos de creación y entrega colectiva Maggie cantó acompañada de músicos que hoy son verdaderos íconos:  Pablo Milanés, Martín Rojas, Eduardo Ramos, Sergio Vitier….  El bajista, compositor y productor Eduardo Ramos, uno de los fundadores del movimiento de la
Nueva Trova y del Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC – participante en estos conciertos- recuerda que Maggie cantó un tema de Noel Nicola y  también estrenó la canción “/Creare due, tre, multi Vietnam/”, del compositor italiano Luigi Nono, entonces simpatizante de la Revolución cubano y visita frecuente en la Isla.  Eduardo ponderó las cualidades interpretativas de Maggie en éste y otros temas que llevó a esos memorables conciertos.[36]
Ramón Díaz recuerda también la versión que la Prior hizo en aquellos encuentros del tema “/Terezin/” de Silvio Rodríguez.  A la memoria de Nancy Morejón vienen los versos de aquella canción de Noel Nicola,- sin nombre en su memoria- que Maggie interpretaba en Casa de las Américas, y  cuya letra mencionaba a los intelectuales afrocaribeños Aimeé Cesaire y
Franz Fannon. Al decir de Nancy Morejón, “…/en esta época Maggie se inserta ya de un modo legítimo en el ámbito de la llamada canción protesta.”/[37]

En agosto, la Casa organizaba, como culminación de esas jornadas, el Encuentro de la Canción Protesta, invitando a músicos y cantantes de varios países, pero por Cuba sólo participó Carlos Puebla, a juzgar por  las grabaciones del álbum doble producido por EGREM y Casa de las Américas como fijación sonora de lo acontecido en el evento.[38] La canción protesta, esa música joven, comenzó a decantarse hacia lo esencialmente trovadoresco: la poesía, la voz, un artista y su guitarra.  Así nos llegó y nos abrazó esa música, como forma de
expresión por excelencia. Pero Maggie era, para entonces, sólo una cantante que actuaba, o una actriz que cantaba.

En 1968, otro evento importante, el Salón de Mayo trajo aires de vanguardia europea y con ellos, a los máximos representantes de las más importantes corrientes artísticas y estéticas.

/*SOMEONE TO WATCH OVER ME*/

En contraste, 1968 es también el año de la llamada Ofensiva Revolucionaria, que, entre otras medidas, provocó la intervención de los pequeños negocios, y en particular, el cierre -temporal en unos casos, definitivo, en otros- de los cabarets,  /night club/ y clubes de jazz.
Aunque pronto el error se hizo ostensible y hubo que abrir algunos de los principales centros nocturnos, los más pequeños no corrieron la misma suerte, dejando sin trabajo a un gran número de músicos y cantantes, que torpemente, entre el asombro y la angustia, comenzaron a enrumbar sus vidas y sus sueños por los más diversos caminos.

A mediados de 1972, la abogada negra norteamericana Angela Davis devenía figura icónica y durante poco más de un año la lucha por su liberación se convertía en una causa mundial y también de los cubanos.  Maggie es una de las múltiples voces femeninas cubanas que interpreta “Por /Angela/” dedicado por Tania Castellanos a la Davis.   Según los recuerdos de Ramón Díaz, fueron  la cineasta Sara Gómez, la actriz Olga Flora Fábregas, la cantante Maggie Prior,  de las primeras en Cuba en llevar el pelo afro “/a lo Angela Davis/”, como muestra de una asunción de identidad y compromiso.[39] Cada una, desde su espacio de creación, validó esta experiencia, expresó sus ideas y demostró sus convicciones. Fueron parte de esa explosión creativa que caracterizó la segunda mitad de la década de los sesenta  y como tal, Maggie presenciaba y también participaba en acontecimientos sociales y culturales que estremecían la vida intelectual cubana.

Pero su gesto o no se entendía o no se consideraba en toda su dimensión;  no todo estaba ganado, ni mucho menos, en el terreno de las reivindicaciones sociales en Cuba, y muchos prejuicios provocaban que funcionarios venales hicieran del poder un instrumento personal de selección y descarte.  Los sesenta fueron también los años de la ya mencionada, conocida y reconocida estigmatización del jazz y sus cultores, a partir de una serie de acciones que todavía, casi al final de la década siguiente,  dejaba este género a merced de las polémicas y
prohibiciones que lo mezclaban con las posiciones políticas de quienes dirigían determinados espacios  y decidían qué y cómo debía ser la cultura de mi país.  Son los años en que Maggie Prior, como muchos otros, tuvo que soportar las devastadoras consecuencias de las evaluaciones de 1968 en el sector musical, cuyos veredictos se dejaron permear en numerosos casos, de criterios extramusicales, venales y sumamente excluyentes.  Maggie fue una víctima de aquel proceso. 

Descubro que aquí arreciaron, acaso, los primeros conflictos y  el inicio de un angustioso camino para la cantante:  a las evaluaciones, a la disminución de los espacios donde tocar y cantar, a la reticencia “administrativa” en los medios frente al jazz por seguir considerándolo,
increíblemente, “/la música del enemigo/”, se sumaba el hecho de que los mismos instrumentistas dejaban poco espacio a los cantantes del género “/porque los músicos de jazz se proyectaban únicamente hacia lo instrumental, al jazz sin voz/”.  Ya no eran tiempos de cantantes, sino de músicos obsesionados por demostrar un grado de información y
virtuosismo que los hiciera competitivos, principalmente porque la evolución de este género había modificado la relación misma del músico con su instrumento, afianzando su vínculo indisoluble y liberador.[40] Este enfoque comenzó a prevalecer y se extendió en lo adelante.  Por si esto fuera poco, la Prior debió enfrentar además, la venalidad de los dirigentes de turno, cuando se le prohibe, entrar en el edificio de la Radio y la Televisión, justo por llevar el pelo afro, y con la condición /sine qua non /de que “/si quieres regresar tendrás  que hacerlo cuando te hayas peinado correctamente/”, encarando Maggie airadamente al censor, con las consecuencias que cabía suponer entonces.[41]

Tomo prestada una frase de Ramón Díaz:  /“…eran años de aceptar diversas preferencias, al tiempo que de persecución de todo lo que se saliera un poco de la norma… y Maggie se salía….”/[42]

Era Maggie Prior era  una mujer negra paradigmática en muchos sentidos, era rupturista, avanzada, contestataria, libre, con una sensibilidad a flor de piel, y para colmo, era –y quería que se supiese- profundamente cubana en su cosmopolitismo.   Para las que éramos muy jóvenes entonces, Maggie representaba un vanguardismo que entonces no podíamos definir muy bien: sólo sabíamos que ella era icónica, llamativa, diferente.  Era los años que inauguraban una nueva década, finalizando los 60.  Años demasiado convulsos para ser olvidados.

Por esos años finales de los sesenta, Maggie inicia una relación sentimental con el actor Rolen Hernández,  quien la acercó aún más al teatro, estimuló su presencia en la escena musical  e intentó dar respaldo a su a veces  insegura actuación ante los escollos que cada vez más atravesaban su camino.  Se le ve en el elenco de un grupo de teatro de aficionados del que salieron importantes actores, como Daisy Granados, Francisco García y Susana Alonso.  Tomó clases con José Milián y Pepe Santos. Esta experiencia le valió para vincularse después, por corto tiempo, al grupo teatral /La Ronda/.   En años de la llamada “parametración”, está cerca también de su amigo Vicente Revuelta y del “Grupo de los 12”; de ellos también  nutrió su interés por el teatro, al tiempo que ayudó mucho espiritual y materialmente a directores, dramaturgos y actrices que fueron víctimas de este absurdo y devastador proceso.

Junto a su talento interpretativo, se habían pronunciado rasgos de su personalidad que obstaculizaban el crecimiento de su carrera: según cuentan: muchas veces era desbordada y explosiva; otras, depresiva e inconstante. No siempre encaraba con sagacidad los numerosos obstáculos que encontraba, comenzaba a abandonarle la paciencia  y afloraban en ella sentimientos de frustración y desesperanza, lo que le restaba fuerza a sus exigencias y razones y desembocaban en crisis de angustia y depresión.

Maggie debía y quería trabajar;  continúa presentándose en escenarios nocturnos habaneros que habían sobrevivido tras la tormenta de 1968.  En noviembre de 1972 vuelve al Capri, en un elenco formado por el grupo Tres más Uno, Los Enríquez, Vilma Valle, el Conjunto Casino y otros.[43] Por esos años acudía también al antiguo club /“Johnnys Dream”, ahora denominado “Río Club” /de Miramar,  y que por aquellos años los propios músicos lo convirtieron en el lugar de los jazzistas y las descargas.  Descargaba en /“El Johnnys…”/ con Pucho López, Pablo Menéndez, Nicolás Reynoso, Emiliano Salvador y otros.

Canta también en el cabaret Caribe del Hotel Habana Libre; vuelve al cabaret Capri con la orquesta de Leonardo Timor, quien se encarga especialmente de orquestarle  las canciones popularizadas entonces por la italiana Mina; pero no deja el jazz, sólo que para trabajar en estos lugares tenía que alejarse un poco del repertorio anglosajón e interpretar canciones y temas de otros géneros y procedencias.    Siempre incluía  canciones como “/Te voy a dar”,/ compuesta por ella y por Ricardo Mosquera, y otras de la llamada /canción social/.    También
se le podía ver en ocasiones en el cabaret Copa del hotel Riviera, en el concierto de la medianoche con acompañamiento de guitarra a cargo de Zenaida González, y también de  la orquesta de planta del cabaret.  Canta  en la inauguración de una exposición del escultor cinético de origen rumano Sandú Darié.   

Sobreviene entonces el segundo cierre de los cabarets y se vuelve a quedar sin sitios donde trabajar, aunque no se aleja del teatro.  Hace cuatro recitales en la sala Hubert de Blanck, en los que cantó esencialmente, blues, jazz, canciones filineras; impacta con  sus versiones muy personales e inolvidables de /Cachita /y /Drume Negrita/ y aún se recuerda su /The Man That Got Away,/ acompañada únicamente por Zenaida González, esta vez sin la guitarra, pero  con una tumbadora, por decisión de la propia Maggie.   Ahora las  casas de Carlos Piñeiro,
Felito Ayón y la suya propia serían los  sitios de asidua concurrencia para descargar.[44]

La creación por Bobby Carcassés en 1979 del Festival Jazz Plaza podía suponer para Maggie la acogida en un foro que debió serle natural.  Sin embargo, no fue exactamente así.  No hubo un espacio fácil allí para los cantantes de jazz, al menos en sus años iniciales. No es hasta  en 1988, según explica Leonardo Acosta, que el Festival Jazz Plaza concedió un
sitio amplio a algunos cantantes, que en las últimas décadas habían estado ausentes de los espacios dedicados a este género en los diferentes medios. Por los escenarios del evento pasaron Mayra Caridad Valdés y Bobby Carcassés, y también Maggie junto a otras cantantes, no esencialmente jazzistas, pero que de algún modo se acercaban al género, como Beatriz Márquez, Argelia Fragoso y los grupos Eco y Vocal Juventud.[45] Como excepción, en la década de los 80, indica  Leonardo Acosta, Maggie subió al escenario en algunas ediciones del Festival de Jazz,  haciéndose acompañar por el trío de jazz Fusión 3, formado por el
pianista Freddy González, con Jesús Fernández en el bajo y René Lauzurique en la batería.

El programa de televisión “/Y algo más/“, dirigido por Pedraza Ginori, dedicó parte de su emisión del 15 de febrero de 1983 al jazz, presentando a Arturo Sandoval, Mayra Caridad Valdés, Maggie Prior y a Gilberto Torres y Los Bailadores de Jazz de Santa Amalia. Quizás sea
ésta la última referencia sobre la presencia  Maggie en la televisión  cubana.

Cansada de tantos molinos de viento, ya por los ochenta, Maggie rinde las armas del jazz, al menos, públicamente, y comienza a transitar un camino de renuncias y reveses por la llamada música popular.  El declive y la marginación en escenarios y medios cubanos la obliga a derivar poco a poco hacia la balada y la canción, donde no brillaría como antes. Se
integra a diversos espectáculos diseñados por Alexis Vázquez, su compañero en la vida por aquellos años, y se presenta en varios países de Europa del Este y Japón, sin mayor trascendencia ni mediática y artística. Ya nunca más fue la misma.  Se apagaba su esplendor;
comenzaría una larga estela de conflictos familiares y la frustración la abatiría definitivamente. Se inicia así el conteo regresivo. Son los primeros pasos hacia la soledad y el olvido.

En 1988, cuenta su hijo Flavio, sufrió el primer accidente cerebrovascular:  el reto de una secuela motriz que ella se empeñó decididamente en superar.  Cuatro años después, sobrevendría el segundo  y tras varios meses de lucha tenaz por su rehabilitación en el hospital Hermanos Ameijeiras, de La Habana, dicen que Maggie perdió junto a sus
deseos de vivir, sus facultades esenciales. Su hijo asegura que moriría un día de 1992, olvidada y abandonada por todos.[46]

Más allá de sus dotes y aptitudes como cantante, Maggie Prior fue absolutamente importante, porque supo desde su condición de mujer resistir y defender el jazz, en circunstancias adversas y hasta hostiles.  Es esta la razón de ir tras sus huellas e intentar encontrar algo más que ese recuerdo intangible y la constatación de cuán laboriosa ha sido la desidia.

La interactividad que reclamo para mi blog quizás permita que alguien aporte una imagen perdida, una foto gastada, o una pista, aunque sea mínima, para encontrar las cintas que atesoró su amiga entrañable Carmen Pous Pariña, ejecutiva de Cubana de Aviación ya fallecida,  y cuyo destino es incierto.  En esas cintas está el registro de aquellas
canciones que Maggie pidió prestadas a Sara, a Ella, a Edith, a Miriam o a César Portillo, a Marta o a la otra Ela, para siempre.

*/…Y YO SIGO PENSANDO EN TI/*

Un día cualquiera del año 2006, Aurora Bernárdez, editora, traductora, viuda del escritor y poeta argentino Julio Cortázar, regresa al apartamento que compartieron en París.  Hurgando en estantes y gavetas de una vieja cómoda, encuentra una gran cantidad de manuscritos, y entre ellos, un poema:  /Blues for Maggie/.    Estos textos y versos quedaron recogidos, tras un arduo trabajo de edición,  en el volumen “/Papeles inesperados/”[47] /“Blues for Maggie”/ forma parte de los once poemas inéditos del autor de “/Rayuela/” y por alguna razón fue elegido por Bernárdez y Carles Alvarez –estudioso de la obra de Cortázar- para ver la luz en esta publicación póstuma.

Cortázar y Maggie se conocieron e intimaron en La Habana, en los años tempranos de la década de los sesenta.  Muy especial debió ser la relación que se estableció entre ellos, para que el escritor y poeta argentino escribiera este /Blues for Maggie,/ muy presumiblemente,
dedicado a ella, y escrito, al parecer, años después de sus recurrentes visitas habaneras, con el Malecón como referente idílico y el extraordinario tema “/Ya ves/” de Pablo Milanés, cantado por Maggie Prior, en la memoria.

/*BLUES FOR MAGGIE*/

/Ya ves/
/Y yo sigo pensando en ti/
Canción de Pablo Milanés.
Ya ves
nada es serio ni digno de que se tome en cuenta
nos hicimos jugando todo el mal necesario
ya ves, no es una carta esto,
nos dimos esa miel de la noche, los bares,
el placer boca abajo, los cigarrillos turbios
cuando el cielo raso tiembla la luz del alba,
ya ves,
yo sigo pensando en ti,
no te escribo, de pronto miro el cielo, esa nube que pasa
y tú quizás allá en tu malecón mirarás una nube
y eso es mi carta, algo que corre indescifrable y lluvia.
Nos hicimos jugando todo el mal necesario,
el tiempo pone el resto, los oseznos
duermen junto a una ardilla deshojada.

Julio Cortázar

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