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EL JAZZ Y LA MÚSICA CULTA

Por: Alejo Carpentier
Fecha: 2013.10.25

   El eminente musicólogo norteamericano Gilbert Chase – a quien conocimos en Caracas hace diez años- acaba de pasar una breve temporada en Buenos Aires, donde sostuvo un interesantísimo coloquio con el compositor Alberto Ginastera acerca de la música de los Estados Unidos. El periódico Buenos Aires Musical recoge esta conversación, en la que Gilbert Chase se refiere al jazz y a sus raíces, apuntando un hecho que invita a reflexionar:
   Basta ojear la extensa bibliografía norteamericana sobre el jazz- dice el musicólogo- para ver la importancia que se otorga, en mi país, a este tipo de música. Sin embargo, el enfoque general coincide con la valoración del jazz como expresión popular netamente norteamericana. Vale decir que se ha prestado menos atención al jazz en su empalme con la música culta de nuestro siglo. Un estudio a fondo acerca de la influencia global del jazz queda por hacerse...
   Gilbert Chase está en lo cierto. Ese “empalme” del jazz con la música culta es uno de los fenómenos artísticos más interesantes que se hayan producido en nuestra época. El vals vienés, ya lo sabemos, influyó en los giros y el estilo de partituras tan considerables como El caballero de la rosa o La vals de Ravel. Pero… ¿y el jazz? Un simple recuento mental nos sitúa ante un número impresionante de obras capitales inspiradas en los ritmos del fox y delblue. Veamos algunos de sus títulos: Piano RagMusic, Ragtime para once instrumentos y Ragtime de La historia del soldado, de Stravinsky; tres RagCaprices y La creación del mundo, de DariusMilhaud; Concertino, de Honegger; parte del Concierto para piano y orquesta, de Ravel, sin olvidar el Ragtime de El niño y los sortilegios; Mahagonny y Los siete pecados capitales, de KurtWeill; La suite 1922 (final) de Paul Hindemith; Johnny dirige la danza (ópera) de Ernst Krenek; Ragtime de Parada, de Eric Sautie; varios fragmentos de Las corzas de Francis Poulene; Rascacielos (ballet) de John AldenCarpenter; el concertante para jazz band y orquesta que aparece en el drama lírico Lulu, de AlbanBerg. Esto sin hablar de obra donde la influencia del jazz se ha manifestado de manera menos directa, aunque sea evidente su presencia en el tratamiento de los instrumentos solistas “por secciones” como una jam sessions de Harlem: el Concertino de Frank Martin es un buen ejemplo de ello. También habría que citar el magistral EbonyConcerto de Igor Stravinsky, que cobra el alcance de un manifiesto –aunque si pensáramos en obras directamente concebidas “dentro” del espíritu del jazz, como Porgy and Bess la lista se haría interminable.
   Tiene razón Gilbert Chase en afirmar que “ese empalme del jazz con la música culta” merecería un estudio de fondo. Las orquestas de baile del siglo XIX, con sus landlers, sus valses, sus mazurcas, no ejercieron una influencia de tal magnitud sobre los compositores románticos. Hay, por lo tanto, en lo que se refiere al jazz, un fenómeno que invita a la investigación –tanto de tipo musical como sociológico.
   Publicado el 28 de septiembre de 1955
(colaboración de reinier Aldazabal)

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